15/1/10

Mecha corta


Enero en la feliz es sinónimo de mejor-dejar-el-auto-en-la-cochera y caminar para evitar aglomeraciones, bocinazos, falta de lugar estacionamiento, doble fila, multa, pérdida de tiempo y malasangre. Es también sinónimo de el-estado-de-ánimo-de-los-porteños-se-trasladó-a-Mardel. Total, que cualquier nimia salida a la calle se convierte en una excursión donde nuestra capacidad de supervivencia será puesta a prueba.

-Vamos, chicos-, les digo- vamos a experimentar una alucinante aventura.

-¡Que cool, ma!.- me dicen, esperando que los invite a andar en parapente como mínimo- ¿Donde vamos?

- Al supermercado.

Una vez que los convencí que esta excursión era digna de ser incorporada a nuestro programa veraniego de ocio creativo y haberles asignado a cada excursionista un sector del súper y prometiendo a quien lograra completar el chango con la lista provista en tiempo y forma un paquete de nachos mexicanos, el grupo de tareas de tres miembros partimos a la aventura.

Voy a obviar el relato de como logramos alcanzar el objetivo neutralizando viejitas que cruzan su chango en el pasillo obstruyendo el acceso a las góndolas, o de como encontramos el lavavajillas en el sector de los lácteos, y saltaré en el tiempo hasta el glorioso momento en que salimos de la caja con las pruebas del éxito: el ticket de compras y los changos llenos.

Hete aquí que ingenuamente creímos que la aventura había terminado, sin embargo faltaba la mejor parte: tomar un taxi.

No creo en el azar, no creo en la predestinación, no creo en el karma. Creo firmemente que hay un complot del gremio taxistas en mi contra. De otra forma no se explica que habiendo miles de taxistas a mí siempre me toquen los mala onda, acá, en Rosario o en Nueva Delhi Pero este, precisamente este, el que se presentó primero y abrió el baúl para que cargáramos nuestras bolsas, era el presidente vitalicio del club de la mala onda tachera y no necesitaba mostrar credencial: su cara lo acreditaba.

Subimos, uno adelante y dos atrás. Los chicos, acostumbrados a mi auto que ya se acostumbró a recibir golpes y portazos, cerraron las puertas un poquito fuerte, no lo voy a negar. Y me hubiera bancado el reto que les dio el tachero si éste hubiera sido hecho respeto. Pero por la forma en que lo hizo, mi radar detectó a un dinosaurio de esos que odia a la juventud perdida.

Pensé en bajarme y dejarlo hablando solo ni bien habíamos hecho una cuadra, pero la fiaca de tener que bajar las bolsas y tomar otro taxi me hizo empezar a contar hasta cien y aguantármela. Lo más gracioso es que el tipo se dirigía a mí con sumo respeto y amabilidad, dejando bien a las claras que el problema eran los “pibes”. Antes de llegar a casa, Bruno se bajó en la verdulería de la esquina para completar la compra, y claro, volvió a cerrar la puerta un poquito fuerte. El energúmeno del tachero le gritó un rosario de insultos irreproducible. Como estábamos a una cuadra de casa volví a empezar la cuenta de cien, calculando mentalmente cuánto faltaba para quedar liberada.

Al llegar al edificio, el que iba adelante se bajó, y esta vez sí, le pegó un golpe a la puerta que hizo estallar la ira del tachero.

- ¡Lo hacen a propósito, che, la puerta te dije, pelotudo!.- y mirándome a mí cambiando su tono y dulcificando su expresión- ¡Son rebeldes!

Cabe acotar que ninguno de los dos chicos le habían respondido nada, ni abrieron la boca, pero la palabra rebelde cayó justo en el momento en que la última bolsa del supermercado estaba fuera del baúl.

Y esa palabra fue el fósforo que encendió la corta mecha que llevo incorporada y lista para ser activada toda vez que me encuentro frente a un pelotudo, y le contesté mirándolo directamente a los ojos:

- ¿Rebeldes? y ¿vos que sos, pedazo de grosero? ¿qué problema tenés con los pibes?

- ¡Ah! ¡tienen a quien salir!,- me dijo suavecito.

- Si, tienen a quien salir, pelotudo, y andá a la puta madre que te parió.

Calculo que todos los presentes especulaban con el momento en que el pelotudo tachero respondiera o me sentara de culo, pero no. Se replegó como pichicho con la cola entre las patas y se fue en silencio.

Yo, que una vez que la mecha se activa no puedo parar la explosión, me di el gusto de seguir putéandolo hasta que se perdió en el fondo de la calle.

Enero en la feliz, desde ese día, es sinónimo de mejor-hacer-pedido-super-online.

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