6/2/10

El ascensor. Parte II



III
Los siguientes quince días, Juan siguió espiando en la vida de los otros Juanes, de a uno por vez, en sus breves viajes de once pisos en el ascensor.
Le bastaba enfocar la mirada en uno de los casilleros que reflejaba su imagen en los espejos para captar un instante de la vida de otro Juan. Siempre era un instante revelador, que le daba la información precisa para saber en que situación se encontraba ese clon de sí mismo con otra vida.
Así pudo sacar algunas conclusiones básicas: todos los Juanes eran contemporáneos, tenían la misma edad, las mismas características físicas y parecían vivir en el mismo país que él. Solo sus circunstancias variaban.
Notó también que parecía haber un momento clave en que la vida de los otros Juanes y la suya se había bifurcado. Momentos que él recordaba como decisivos e importantes. Como aquella vez que había descartado la idea de hacerse piloto de avión, o la otra en que había dejado de consumir cocaína, al parecer, justo a tiempo. El Juan que se había hecho aviador estaba satisfecho con su profesión, pero estaba solo, sin pareja ni hijos. El adicto se había vuelto traficante y vivía al margen de la ley, rico pero perseguido.
Incluso la decisión de continuar con algunas relaciones había cambiado totalmente su ¿futuro?. Al casarse con Agustina se había convertido en un ser conformista y mediocre, era el más pobre de todos los Juanes.
El hecho de poder consultar diariamente esa especie de oráculo retrospectivo sobre si mismo, lo cautivó de tal manera que empezó a pasar demasiado tiempo dentro del ascensor. Incluso varias veces se tentó y bajó la perilla que dejaba al aparato fuera de uso, para poder sentarse allí sin que nadie lo molestara. Sin embargo su actitud no tardó en generar complicaciones y comentarios de los vecinos alterados por las fallas de funcionamiento del único ascensor del edificio.
Las quejas llegaron a oídos de Vanesa y de ésta a Juan, justo el día en que éste se había enterado, por boca de uno de los otros Juanes que se había inclinado hacia la metafísica y la ciencia, sobre la verdad de lo que sucedía en ese lugar.
El edificio estaba construido sobre un portal dimensional. El ascensor actuaba como una cámara que contenía todos los universos burbuja que eran creados a partir de las elecciones de una misma persona. Es sabido que los espejos actúan como puertas dimensionales, pero aquí el efecto estaba potenciado por la energía del terreno. Todas las vidas de Juan eran simultáneas y reales y esto sucedía siempre, aunque no se pudiera ver. Así de simple.
Ambas informaciones, llegadas el mismo día, encendieron una luz de alerta en la cabeza de Juan. Lo que estaba haciendo podía llegar a perjudicar su vida ¿real?, la que transcurría fuera del ascensor. O no. Podía cambiar su futuro. O no. Tal vez y en cierta forma ya lo había cambiado y simplemente había enloquecido. De hecho, hiciera lo que hiciese, su vida ya había cambiado por completo. Los negocios habían dejado de ser el centro de su existencia y la atracción que ejercían esos viajes en el ¿tiempo? lo había transformado nuevamente en un adicto.
Pensó en contarle a Vanesa lo sucedido pero lo descartó ipso facto. Supuso que Vanesa se ofrecería para sacar un turno en algún consultorio de los tantos que ella agendaba prolijamente. Esa era la solución que ella encontraba para cualquier caso que se presentara en la familia. Tenía turnos disponibles en kinesiología, psiquiatría, gimnasio, esteticista, cirujano plástico y clases de yoga.
No podía contárselo. Tal vez si ella fuera la misma chica alegre y vital que había conocido hacía diez años, pero no a esta Valeria. La que había empezado a ser el día después de la noche de bodas principesca, con la que poco antes habían proyectado formar una familia Ingalls de clase alta.
Esta no. Esta ya no se reía de sus chistes tontos. Esta ya no se divertía. Esta, buscaba un profesional que extirpara ese tumor devastador que se había instalado en su vida: el aburrimiento.
En medio de esa angustia existencial de Juan y en el vigésimo día de esa experiencia alucinante, apareció Ella.
La chica subió en el octavo piso y se acomodó en el fondo, en el ángulo desde donde se podía ver el pasadizo multidimensional. Se acomodó el pelo color uva con un gesto narcisista y le sonrió. Frotó la palma de la mano sobre el metálico y frío pasamano. Ambos notaron el tic que los caracterizaba y se rieron al mismo tiempo.
- Hola. Soy Ana-. Dijo la chica levantando una mano llena de anillos plateados y un tintineante llavero en el que se destacaba la llave de un auto importado último modelo.
Entonces el ascensor se detuvo en la cochera.
Continuará
(mañana la última parte)

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