7/2/10

El ascensor. Última parte

IV
La semana siguiente el interés de Juan se desplazó del misterio del ascensor al misterio de Ana. La chica del pelo color borgoña, el auto importado y el tic de la mano.
De alguna manera Ana lo inhibía. Todas las mañanas bajaban juntos hasta la cochera y ahí se despedían hasta la noche, sin haber cruzado más que los lugares comunes que dice la gente que comparte ascensores.
Debido a que la chica atraía toda su atención, Juan perdió contacto con los demás Juanes y a la vez con su propia realidad cotidiana.
Estar todo el tiempo haciendo negocios o hablando de ellos ya no lo gratificaba tanto como antes. Había percibido un mundo nuevo y excitante más allá de lo aparente y eso le había traído una nueva sed de conocimientos y una nueva inquietud.
Sabiendo que sus decisiones podían mandarlo a una vida paralela e incluso quitarle todo lo que había logrado manteniéndose en su centro y en pleno control de su vida, lo agobiaba y a la vez lo excitaba. Por eso antes de decidir algún cambio importante evaluaba todas las posibles consecuencias, y se fue volviendo más y más inseguro.
¿A cuál de las dimensiones posibles iría a parar si invitaba a salir a Ana?
V
El séptimo día Ana subió con una valija y Juan sintió que se le estrangulaba la voz en la garganta.
-¿Te vas…?
- Si. Vine por unos días a visitar a una amiga. ¿No te dije?
Ella se quedó mirándolo y a Juan no le salió ninguna palabra más. Cuando llegaron a la cochera, ella se despidió con un beso en la mejilla y una frase.
-Tené cuidado con esto-. Dijo señalando los espejos. Este lugar se puede volver adictivo.
La frase intrigó a Juan lo suficiente como para perder el miedo e invitarla a tomar un café.
- Creo que vos y yo tenemos mucho que contarnos.- dijo como remate.
A Ana no le resultó extraño nada de lo que Juan le contó sobre su experiencia en el ascensor. Ella había venido desde Los Ángeles justamente por ese tema. Su amiga, la que vivía en el octavo piso del mismo edificio le había contado todo.
- Entonces ¿por qué te vas? ¿Por qué te privás de una experiencia tan fascinante como ésta?-. preguntó Juan
- Mirá, en primer lugar porque mi vida fuera del ascensor es mucho más fascinante-. Dijo con una amplia sonrisa Ana-, y en segundo lugar porque soy una adicta en recuperación, y como ya te dije, el ascensor puede resultar adictivo si no lo sabemos manejar.
- Que bien.- dijo Juan tragando saliva-, yo ya pasé por eso y lo superé. Fui adicto a la cocaína y me corrí a tiempo.
- ¿De veras? ¿En serio crees eso? ¿Dejaste de ser adicto realmente o cambiaste una adicción por otra? Mirá-, dijo sacando un libro de su bolso de mano. -Te dejo este libro, a mí me sirvió mucho en su momento. Si lo lees, vas a ver que la cuestión no es cambiar de collar, sino dejar de ser perro.
Juan miró el libro “Como sanar las adicciones” y se sintió molesto. El no era un adicto. Lo había superado. Nunca había leído libros de autoayuda y se jactaba de ser un self made man. Esa chica lo estaba agrediendo gratuitamente.
- Bueno, dijo ella. Como quieras. Asumirlo es lo que más cuesta. Ahora me tengo que ir al aeropuerto, alguien me espera en Los ángeles-, dijo haciendo un guiño.
- Te acompaño-, dijo él. Ver como despegan los aviones me fascina.
VI
Depués de la charla con Ana, Juan quedó devastado. Al salir del aeropuerto notó que ya no tenía ganas de ir a la empresa, ni de volver a su casa, ni de actuar como el viejo Juan que compulsivamente cambiaba un collar por otro.
Se le ocurrió que el ascensor era el único lugar confortable que tenía en este momento.
Con el libro en la mano subió al ascensor y lo bajó la perilla para que nadie lo molestara.
Se sentó en el suelo y puso el libro sobre sus rodillas. Le costaba concentrarse en el texto. La lectura no era su fuerte, había dedicado demasiado tiempo en hacer crecer su patrimonio. Además, el movimiento en los espejos era febril y podía captar los pensamientos de muchos de los Juanes allí reunidos.
De pronto algo hizo un click en su mente. Era verdad. Todos los Juanes, incluido él mismo tenían comportamiento adictivo. Todos de alguna manera hacían siempre lo mismo, respondían a un patrón en el que estaban atrapados y creyendo que actuaban con libertad. Eran adictos a una substancia o al trabajo, a una persona, a una emoción predominante, a un sufrimiento innecesario, a la pobreza, a la riqueza, al noticiero de la noche, en fin, a algo impuesto desde dentro de sí mismos.
Todos actuaban así. Menos uno.
El Juan que había seguido su vocación, el Juan piloto de avión, era el único que realmente era libre.
Juan levantó la cabeza y se concentró en ese Juan. Entonces los vió. Juan el piloto y Ana se abrazaban en el aeropuerto de Los Ángeles. Se veían radiantes de felicidad. Abrazados y riendo, se salieron de foco dejando el casillero vacío. Ya no pudo volver a verlos.
Con la cabeza sobre sus rodillas, Juan lloró hasta que algún vecino alertó al administrador y los operarios entraron al ascensor por el techo.
VII
Todos sabían que cuando Juan tomaba una decisión nada lo haría volver atrás. Por eso ni su socio, ni su esposa, ni el resto de su familia trataron de disuadirlo cuando les comunicó las novedades. El socio accedió a quedarse con el manejo de las empresas y Vanesa le firmó el divorcio a cambio de el 70% de los bienes gananciales, que eran muchos.
Todos pensaron que superada su profunda crisis, volvería a ser el Juan de siempre.
Había oído que algunas personas en crisis existencial emprenden una peregrinación hacia lugares místicos. El solo haría lo que había querido hacer siempre: subirse a un avión y recorrer el mundo desde el aire. No importaba si ya era tarde para estar en la cabina de mandos, no sería el piloto, sería el pasajero firth class, que sin responsabilidades disfrutaba de los mejores vuelos y las mejores azafatas del mundo. Sería libre. Para eso se había roto el alma trabajando toda la vida. Ahora disfrutaría del viaje, un viaje que no conducía a ninguna parte y a todas.
Así, Juan estuvo meses comprando billetes de avión con destino a las capitales del mundo, donde luego de una semana de exploración, compraba otro billete.
En agosto del 2004, Juan compró su billete en Sidney, Australia, con destino a Los ángeles, en el vuelo 815 de Oceanic Airlines.
El resto es historia conocida.
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Fin

2 comentarios:

  1. Anónimo9:40

    me encanto....me atrapo...........pero yo no veo lost...x lo que la historia no me es concida!!!!!
    este supuesto juan es uno de los personajes???

    NO ME PODES DEJAR ASI!!!!! CON LA INTRIGA!!!!
    ahora me voy a tener que poner a ver lost!!!!!

    chivizzz

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  2. Hola Chivizz, no no es un personaje de Lost, solo usé la teoría de las dimensiones paralelas que se ha tratado esta temporada en Lost.
    Él único nexo con la historia es el final, donde Juan toma el avión que supuestamente caerá dando comienzo a la historia de la serie.
    Pero si querés verla, no te vas a arrepentir!!!
    Besooo

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Gracias