13/6/10

Sincronicidad 5

Sincronicidad 
elco1
 Del capítulo anterior= Maira no lo deja terminar la frase. Como si la mención de la hermana le hubiera dado un empujón se sienta a caballo sobre las piernas de él y lo mira a los ojos mientras se deshace de la bata. Él se deshace del último pensamiento apoyando las manos en esa espalda y empieza a llenar su mundo con esos pechos y esa boca.

“¡Ella debe estar tan linda!
descubriendo mi secreto
con sus oscuros ojos delatando.
Quiero morder el tallo de su rosa
aunque me clave sus uñas espinas.”
“La cara sobre la almohada
(encadenada de plata)
está tendiendo la trampa para nuestro amor...
y estoy a punto de tirar la esponja.”
(Ella debe estar tan linda. Los redondos.)
Capítulo 5
Ella está tan linda
El trayecto del sillón a la cama lo hacen a cuatro manos. Ella sacándole la ropa a los tirones, él viajando en lo táctil desde la cintura a los pechos ida y vuelta. Se marea. Es tan linda. Es tan nena.
Cuando al fin cae sobre ella toma conciencia de su fragilidad. Se frena para acariciarla. Se suaviza para saborearla. Se contiene para no lastimarla. Se aleja para mirarla.
Ella cierra los ojos y aquieta las manos. Lo deja hacer. Siente. Siente tanto. Hace mucho que no siente así. Gime.
El prolonga el juego. Le rasguña suave la espalda. Encuentra por ahí una cuerda que vibra.
Ella se relaja, se va para adentro y siente. Siente demasiado. Grita.
-¡Basta!
El cree que es el momento. Ella desea. Ella grita.
-¡No! ¡No! ¡Papá! ¡Mi papá! ¡No! ¡No puede ser!
¿Ella llora? ¿Qué es esto? Dice cosas que no encajan. Algo no está bien.
-¡Pará, pará, piba! ¿Qué pasa? ¿Qué hice mal? Por favor, perdoname…
Ella se sienta con la cabeza sobre las rodillas. Susurra algo y parece venir de una pesadilla. El llanto se corta con una inspiración grande de aire. Y otra. Y otra.
- No, no hiciste nada. Vos no hiciste nada mal. Soy yo.
El la cubre con la sábana. Le acaricia el pelo.
- ¿Estás bien?
Maira se levanta despacio sin contestar y busca su ropa. Daniel no sabe que hacer. La sigue. Ensaya una disculpa. No pregunta nada más. Pone la pava en el fuego.
- Mirá, piba. No se que pasó pero está todo bien ¿Sabés? No te vayas así. Tomate tu tiempo, esperá que se te seque la ropa. Tomemos unos mates y después te llevo.
- No. No te preocupes. Ya debe haber taxis libres.
- ¿No va a haber una más? Una chance más, digo-. Dice él y se le quiebra la voz.
- No. Porque esto va a doler ¿Sabés? No ahora. Ahora es dulce, es lindo, está bueno sentir. Pero a la larga termina doliendo. Y yo no quiero que duela.
- Si no duele tampoco se goza- dice él haciendo como que entendió- ¿Pasó algo jodido con tu viejo? ¿Me querés contar? – el diálogo interno era otro “no te vayas piba por favor no te vayas que puedo hacer para que no te vayas…”
- Chau.
- Chau. Sos muy rara vos. Todo esto es muy raro.

San Martín de los Andes. Un año antes.
Una lluvia finita barre los restos de nieve en la ruta a las ocho de la mañana. La banquina es un fangal. El conductor del auto no baja la velocidad para tomar la curva, muerde la banquina, hace un trompo y choca con el camión que viene de frente. El ruido es como si hubiera estallado una bomba. El cuerpo de Ernesto Campos es retirado más tarde por una dotación de bomberos.
A más de diez kilómetros, en la cabaña, Maira se despierta sobresaltada y mira el reloj. Son las ocho de la mañana, hace menos de una hora que se durmió. Sacude a la amiga que duerme en la otra cama.
- ¿Escuchaste eso, Marina? ¿Vos lo escuchaste?
La amiga le contesta que no escuchó nada.
Era una pesadilla, entonces. Pero tiene esa sensación fea. Tiene esa angustia.
- Mi papá.
Llama al celular de Ernesto. Él no atiende. Llama y vuelve a llamar. El no atenderá nunca más.
Cuando ve llegar al patrullero que estaciona frente a la cabaña ella ya sabe todo. Pero no quiere que se lo confirmen.
-¡No! ¡No! ¡Papá! ¡Mi papá! ¡No! ¡No puede ser!
Continuará.

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