17/6/10

Sincronicidad 9

elco1
Capítulo 9
Como si.
Le costó entender que esos pitidos espasmódicos salían del pecho de Maira.
Se habían dormido abrazados después del lenguaje codificado de caricias que solo se manifiesta después de hacer el amor.
Los silbidos que salían de ella se mezclaban con frases tijereteadas por el delirio de la fiebre extrema.
- ¡Piba! ¡La puta madre! ¡Piba! ¡Te lo dije que tenías fiebre, te lo dije!-. decía como si ella pudiera escucharlo.
Por enésima vez en tres días no va a saber que hacer. Se va a poner los pantalones sin el boxer como si fuera un soldado acudiendo al tercer turno de imaginaria. Va a tener la sensación de que esta piba apareció solo para ponerlo en una puta prueba de supervivencia sin sentido para arrepentirse de ese pensamiento en milésimas de segundos.
¡Como si la vida de uno pudiera darse vuelta como un guante en solo tres días y que no tenga sentido!
Va a decir “¡La puta madre, pibita, aguantá que te llevo al hospital!” como si esa no fuera la declaración de amor más profunda que dijo en sus cuarenta.
Ni él mismo va a saber como en medio de esa maroma irreal de sucesos y emociones pudo llegar al teléfono y discar el número de emergencias como si estuviera lúcido.
Tampoco va a recordar más tarde como hizo para vestirla un poco y correr con ella en brazos hasta la ambulancia.
Pero ahora, mientras camina sin parar por el pasillo de la guardia del hospital, lo único que le interesa es no perderla otra vez. Como si las pocas horas en que la tuvo hubieran sido determinantes.
- ¿Qué carajo pasó? ¿Qué le pasó a mi hermana?
La aparición prepotente de Andrea lo baja de golpe a una realidad donde son necesarias y posibles las explicaciones.
- Mirá, no me rompas las pelotas, bajá un cambio o dos y después si querés volvé a hablarme. Yo te llamé, yo te avisé, podría no haberlo hecho y daba igual, así que calmate o andá a preguntar a la mesa de entradas.
- Odio los hospitales. Odio todo esto. Es como si la vida diera vueltas y vueltas para traerme siempre al mismo lugar, siempre al mismo puto punto. ¡Que piedra que tengo yo, que piedra!-. dice Andrea dejando caer toda su impotencia sobre el sillón de tapizado roto de la sala de espera. Apoya la cabeza contra la pared y deja que las lágrimas corran sin ocultamiento.
- Así me gusta más, ves-, dice Daniel- así capaz que podemos hablar sin que me ladres. Así capaz que yo puedo hacer como si no tuviera ganas de putearte.
Y después de una pausa en la que ella no dice nada.
- La encontré ayer en una plaza en el medio de la nieve. Había pasado la noche en Retiro, me dijo, en la estación de micros. Si la vieras, no paraba de temblar. La cuidé, le llevé chocolate caliente-, se le quiebra la voz - hicimos el amor. Estaba con fiebre pero no me hizo caso…
- ¡Ves que sos un degen…!- se interrumpe porque él amaga a irse- pará, ya está, perdoname, seguí…dale.
- A la madrugada temblaba y deliraba, le salía un chiflido horrible del pecho, la traje acá y me preguntaron si es inmunodeprimida o algo así, no se. ¿Por qué no vas vos, que sabés más de ella, a hablar con los médicos y hacés como si fueras la hermana preocupada?
- Y vos porqué no te vas un poco a la mierda. No me hables como si fueras mejor que yo.
- Hay algún familiar de Maira Campos - dice con voz desapegada el médico de guardia.
Como si a Daniel no le fuera a saltar el corazón cuando lo escucha.
Continuara

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