24/1/12

El Mensajero I (Primer capítulo de la novela en construcción)


El mensajero

Capítulo I

Zaiga Ulinda

Hace horas que el recién nacido llora y se agita moviendo sus piernitas dentro del canasto mientras Zaiga Ulinda, su madre, se acurruca en el catre luchando con los demonios de la fiebre que llegaron poco después del parto.

Dentro de su delirio alcanza a oír que finalmente el llanto y los movimientos del crío se van debilitando hasta el completo silencio. Siente alivio. Todo terminó. ¿Hasta la próxima vez? La repetición del mismo hecho le ha ido quitando dramatismo a la pérdida, Zaiga no solo es capaz de sentirse aliviada, sino también afortunada por haber sobrevivido a otro parto complicado.

Más tarde vendrá la comadre de turno a llevarse al crío para el crematorio. Los ritos fúnebres que antes duraban horas, se fueron limitando a minutos porque aquello sucedía tan a menudo, a veces hasta diez críos muertos en una misma semana, que no quedaba tiempo para nada.

Una sola lágrima, más de hastío que otra cosa, cae dejando un surco claro en la mejilla como de ébano de Zaiga Ulinda. Es el tercer crío que pierde y ni la hechicera más renombrada, la poderosa Mandraluna, puede encontrarle remedio a lo que parece una plaga que se propaga entre las mujeres del valle. En el último año sólo el 10% de los críos nacidos en término sobrevivieron más allá del semestre y no había estadísticas de los numerosos abortos espontáneos. En el valle de Ocre se le había faltado el respeto a la muerte, decían en voz baja las comadres, y ahora se movía entre ellos como uno más.

No hay dolor que no mengüe ante la costumbre, dicen también, pero ella, Zaiga Ulinga, no se acostumbra a que el Hombre disponga de ella a su antojo y se le suba incluso cuando su vasana sangra y sus pechos revientan de leche sin destino.

Últimamente los Hombres de Valle de Ocre no tienen en cuenta los deseos de las mujeres. Así había sido para ella desde el principio. Desde el día en que cumplió los doce y le tocó a su primo Eustenio clavarle entre las piernas la estaca que ella recibió con un dolor que desconocía y que se quedaría con ella por años. Tardó unos minutos en darse cuenta de que aquello que se mete en ella no es una estaca sino el pairó, esa tripa que a los zarucos les cuelga entre las piernas, en el lugar donde ellas tienen su vasana. No puede entender porque él goza tanto de ese entrar y salir frenético, sin importarle cuánto le duele a ella. Y por qué todos los demás zarucos los rodean, excitados y riendo, se tocan y gimen hasta largar el chorro de agua blanca sobre los dos que están en el piso.

Hay cosas muy íntimas que no tienen nombre para Zaiga. Su madre no le enseñó nada, tan ocupada está yaciendo bajo su Hombre y atendiendo a los ocho hijos que nacieron sanos antes del incidente.

Un día después de la noche iniciática, cuando aún no había dejado de sangrar, apareció Xaimon para llevársela con él. Xaimon era un joven agricultor en ascenso y tenía una casa modesta sobre la colina Azul, que, según dijo, pensaba ampliar hasta convertirla en un palacio para ella y su descendencia. Con esta promesa y diez galones de fresas conservadas en ámbar, él cerró trato con el padre de Zaiga y pasó a ser su dueño. - Ese verano la fresa era moneda de cambio ya que por orden de Don Paulero, el empresario más poderoso del valle, se había sembrado solo fresa y la cosecha había sido magnífica en calidad y cantidad- .

Zaiga Ulinga tuvo oportunidad de averiguar muy rápido lo que su nueva condición de amañanda significaba: ni bien salieron de la casa paterna, él se le subió y ahí nomás la poseyó, en medio del aralí y bajo un sol que cegaba. Lo repitió tres veces antes de llegar. La casa de Xaimon resultó ser un rectángulo de tres por cinco unido por una puerta a otro rectángulo menor que hacía de cocina.

El amañando reciente vivía con el pairó enhiesto, como todos los hombres del valle. Zaiga debía andar por la casa sin ropa interior, porque Xaimon se le subía en cualquier momento. Cuando no estaba trabajando en el aralí la penetraba a la mañana, a la tarde y varias veces en la noche. Así tuvo muy pronto el vientre ocupado y la muerte del primer angelito la rozó con sus alas aumentando su infortunio antes de haber cumplido ella los trece.

El Hombre no se detiene ante nada, se le sube antes, durante y después del parto, con sangrado o con la fiebre. Ella tiene que soportar el ardor desenfrenado de él mirando el techo de cañas y mascullando maldiciones por lo bajo. Nunca encontró el más mínimo placer en lo que le parece una actividad vergonzante e inherente a su condición. La costumbre no hizo que el dolor de la primera vez cese, por el contrario, Zaiga Ulinga siente que cada nueva vejación le planta una raíz oscura en el medio del pecho.

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2 comentarios:

  1. guaaaaaaaaaaaaaaaau...las viejitas queremos un amañando asíiiiii jajaja
    Ahora fuera de joda, siempre me dejás con la intriga y esperando saber qué carajo fue el "incidente". También deberíamos saber que los tiene tan al palo...vió, pa venderlo y enllenarnos de guita, jajaja
    Besiños

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  2. ¿Queremos? ¿Te parece? ¿Todo el tiempo? mmmmmmmmm no se.
    En cuantito sepa que es lo que es el incidente se lo cuento, por ahora hay que esperar.
    Saludetes

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Gracias