24/1/12

El mensajero II

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La U

A María Victoria Zambrano no le molestaba pasar un fin de semana trabajando en Uruguay a principios de febrero. De hecho estaba acostumbrada a ser una especie de comodín por ser la única cronista soltera de la revista. Era candidata natural a cubrir notas en fechas incómodas para las que tenían familia. Pero esta vez estaba, además, ilusionada, porque con suerte, si terminaba a tiempo, el carnaval la encontraría en Montevideo, capital de la murga. Y ella amaba la murga.

Embarcó por Dársena Norte en el Eladia Isabel a las ocho de la mañana. Si el clima se mantenía bueno y el Río de la Plata seguía planchado, para las once estaría en Montevideo y en una hora más instalada en la U, en el pequeño pueblo balneario de Costa Blanca.

María Victoria se acomodó en uno de los asientos del primer nivel buscando tranquilidad para dormir un rato. Una pareja que viajaba con dos nenes de menos de tres años la hicieron cambiar de idea. En la última cubierta se podía fumar y a pesar del viento era el lugar más apto para sentarse a pensar un poco en la misión que llevaba.

Nunca había pensado que algún día podría volver a la U. Pese a que ella no solía hacer notas de investigación periodística ya que se ocupaba principalmente del segmento cultural, se había decidido que era la más adecuada, no solo por su estado de soltera disponibilidad sino porque conocía el lugar. Había estado hace un par de años en la U por motivos personales. Había pasado unos días buscando aliviarse de un pico de estrés en el “Spa de la conciencia” tal como anunciaba la publicidad. Había estado, si, pero no tenía un buen recuerdo de esos días. Le había sugerido a Felicitas, la directora de la revista que prefería hospedarse en algún hotelito del pueblo, pero la idea fue rechazada de plano. Lo que iba a investigar sucedía adentro de la U. Allí debía estar. Aceptó por responsabilidad profesional. Y por el carnaval montevideano.

Llegaron al puerto de Montevideo a las 11.30, con media hora de atraso. La combi que transporta a los recién llegados porteños hasta la U esperaba bajo el sol con las mismas manchas de pintura anti oxido de hace dos años atrás. Aquella vez María Victoria había decidido que era mejor tomar un remís. Esta vez se subió al cascajo en el que esperaba el robusto conductor charrúa sin preguntar el precio ni quejarse. Por experiencia sabía que si usaba remís, micro, o cualquier otro medio para llegar a Costa Blanca, el viaje en combi se le facturaría igual.

Es que María Victoria ya sabía que la vieja combi era parte del paquete de turismo espiritual que vendía la fundación Usha, que también incluía remeras con el rostro de la gurú y leyendas alusivas, stickers para autos, libros, videos y cabalgatas en el haras privado. Así había sido la vez anterior. Recordó que el asunto de la combi la había predispuesto mal, de entrada, y que posiblemente había influido en un mal humor que le había durado los cuatro días de estadía. Pero los 10 dólares por no usar el servicio de transporte se los cobraron igual.

El grupo de argentinos que ya se había subido, sin chistar, al arruinado vehículo, era reducido. Serían unas diez personas de mediana edad con excepción de un chico joven que parecía viajar solo y que se sentó al lado de María Victoria en el asiento doble. Se presentó como Joaquín.

-Me dicen Joaco, soy de Mar del Plata. Es la quinta vez que vengo de retiro a la U. Sigo a Isis hace un año y su sistema me cambió realmente la vida. El chico tenía muchas ganas de hablar, sin dudas. Socializar era parte de la tarea, pensó, y le dedicó una amplia sonrisa.

Mariví tomaba nota mental de todo lo que iba ocurriendo. Para eso estaba allí, en definitiva.

Pero todavía no era oportuno indagar a los seguidores, al menos directamente, sobre las graves denuncias contra la famosa gurú que habían llegado a la revista esa semana.
Continuará

1 comentario:

  1. ja. bravo lils. rápida, entretenida y justa.
    la sigoo!!!
    besotón!!!

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Gracias