3/6/11

Engaño (Cuento)

Cuando Martha va promediando la segunda frase yo ya no estoy ahí para escucharla. Y no es que me vaya literalmente sino que me voy con la cabeza a otra parte. Supongo que será en la segunda frase, la verdad, nunca me tomé el trabajo de contarlas. La cosa es así desde que tengo memoria: nos sentamos a tomar mate en la cocina, o en el living cuando está prendido el hogar a leña. Ella teje y yo cebo. Ella habla y yo pienso en otra cosa. Por ejemplo cuando vengo de cruzarme con Elisa a la vuelta del trabajo pienso en tetas. Tetas que se marcan como manzanas abajo del suéter ajustado y vuelvo a pensar que desde que enviudó, Elisa me mira con ganas. Cerca de fin de mes la cabeza se me llena de números. El presupuesto que no pasaron a buscar y el balance que no pude cerrar. Los lunes son especiales, eso sí, porque mientras Martha habla yo revivo mentalmente los goles del domingo, incluidos los del picado que jugamos en la canchita.

Martha habla y teje, teje y habla. Después de un tiempo, los dos sonidos, el de la voz y el de las agujas entrechocándose forman un coro estable en el universo de los sonidos. Un coro tan omnipresente como el ruido del tráfico, que después de unos días se vuelve imperceptible. Como el grito de un pajarraco a la centésima noche de dormir en la selva.

A veces no pienso nada, o creo que no pienso. Me quedo colgado en el rítmico movimiento de las agujas. Va y viene, baja y sube, tiqui-tiqui y al final de la vuelta, cuando la aguja vacía pasa al brazo derecho, hay un milímetro más de una prenda informe que, sospecho, terminará siendo bufanda.

Lo curioso es que por más que yo esté abstraído en el diálogo interno más cerrado, en el preciso momento en que Martha llega al meollo del asunto, cuando asoma en el discurso el redondeo de la cuestión, hay un cambio de registro en su voz o algo así que me alerta y entonces le pongo toda la atención. Son esos imperdibles segundos en que el tema concluye, por ejemplo, en un: “Y entonces compré espinaca para reemplazar a la acelga en el relleno de los ravioles del domingo” y yo asiento, disiento o/y agrego un breve pero adecuado comentario, feliz de haber sorteado toda la previa.

Así es que me llegaron a lo largo de estos años de matrimonio, las noticias más importantes y las banalidades más grandes de boca de Martha: usando el talento de saber captar la síntesis de la idea que antes de llegar a ser síntesis fue lluvia gentil regando mis fantasías y divagues. Me jacto de ello. En todos estos años de comunicación no hubo ni un si ni un no que estuviera mal puesto. Nunca se me escapó una respuesta descolgada ni un “perdón, no te escuché” que hubiera hecho a la pobre Martha sospechar la verdad. Es decir, saber que yo estaba ausente la mayor parte del tiempo en que ella hablaba.

Eso habría provocado en Martha la clase de frustración que lleva a la mayoría de las mujeres a iniciar una terapia. Sin contar la catarata de hechos desafortunados que seguirían al descubrimiento. “Si vos me escucharas cuando hablo…” sería el nuevo latiguillo que yo no podría, de ninguna manera dejar de escuchar.

Me da escalofríos pensar en la cantidad de cosas que Martha empezaría a reclamarme embanderándose en la causa de la sordera de género. Pero enloquezco de solo pensar que ella descubriera que todos estos años la estuve engañando. Que no escuché ni la décima parte de todo lo que me dijo en su vida.

Por todo lo antes dicho es evidente que el delicado equilibrio emocional de nuestra pareja, y sobre todo la salud mental de Martha reposa en mi capacidad de escuchar a tiempo.

Me jacto, si, de ejercer el arte sutil de regresar del maravilloso mundo del ensueño en el momento exacto en que la mujer que teje a mi lado todas las tardes, tiene algo importante para decir, aunque importante, lo que se dice importante…no es. 

*****

Pobre Zacarías.  Lo jubilaron antes de tiempo. Y cuando lo digo me suena a “lo arrancaron verde” o “le faltó un golpe de horno”. Y bueno si, suena feo, pero algo de eso hay. A veces me parece que se da cuenta. Que vuelve a estar lúcido, que sale del pozo con los ojos de antes. Pero son chispazos que no duran casi nada.

A la semana nomás empezó a salir fingiendo que iba a trabajar y de a poco me convenció a mí también. A la vuelta prepara el mate, yo me siento a tejer y entonces hacemos como que nada cambió. Yo hablo en voz bajita, rezo o practico el gibberish como me enseñó la instructora de yoga. De tanto en tanto subo la voz de manera que él pueda oírme y digo algo que él pueda entender, algo como “Entonces el sábado preparo las berenjenas al escabeche…” El levanta la mirada que tenía perdida en el ir y venir de las agujas, me contesta sí o no, depende, y vuelve a su nebulosa de fantasía. Tal vez allí sea feliz y útil todavía. Tal vez allí no se hayan muerto todos sus deseos.         

 


2 comentarios:

  1. buenísimo lils!!!!! buen relato bipolar :)
    uf. triste costumbre...
    abrazo!!

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Gracias