24/1/12

El mensajero III

Cap III
Mandraluna


La hechicera Mandraluna tiene su refugio más allá de las 5 colinas azules. Zaiga Ulinda conoce bien el camino porque varias veces ha acompañado a su madre, de pequeña. Así que ni bien la comadre de turno se lleva al crío muerto, antes de que llegue Xaimon del airal y se le suba a pesar de su fiebre puerperal y sus pérdidas, guarda algunos frascos con conservas en una canasta y sale en esa dirección. Sabe que la maga aprecia mucho que se le ofrenden dulces, sobre todo el de siroma lila, nadando en abundante y cristalino ámbar. Ese es su preferido, y Zaiga heredó de su madre la mejor mano y la mejor receta.
Con el sol dándole de lleno en el pelo renegrido que contrasta con esos reflejos dorados que proyectan los mil tonos de ocre del paisaje campestre, avanza Zaiga Ulinda buscando una solución para su tragedia, que es la tragedia de casi todas las mujeres en edad fértil del Valle de Ocre. Le cuesta conectar ese encantador paisaje que se va desplegando a medida que sube por las colinas con la tragedia que acaba de vivir. Si no fuera porque su vientre todavía duele y su vasana sangra con abundancia, diría que todo es parte de un mal sueño. El aire viene cargado del perfume dulzón de los frutales a punto de ser cosechados y se mezcla con el de las matas de flores salvajes que crecen a orillas del camino de las 5 colinas.

Como en los cuentos, un hilo de humo gris le anticipa que la cabaña de Mandraluna va a aparecer completa ni bien trasponga la loma.

-Entre- dice la hechicera sin levantar la vista de su juego de naipes. ¿Qué te trae por aquí, muchacha? Apenas la mira. Aunque si es lo que imagino, no puedo darte la solución.

Zaiga Ulinda se queda mirando con asombro. Nada en la sala de la casa de la hechicera se desarrolla tal como ella lo recuerda. La maga juega con displicencia a un solitario que despliega sobre la mesa antes atiborrada de hierbas para preparar remedios naturales, mientras fuma un grueso cigarro armado que larga un penetrante olor. El caldero, que antes bullía de actividad sobre el fogón, está vacío y ennegrecido en un armario junto al montón de cacharros comunes.

-Acabo de perder a mi tercer crío. Balbucea Zaiga mirando para todos lados. Ya veo que estás con la fiebre, dice Mandraluna levantándose. Un baño de asiento de malva fresca es todo lo que te puedo ofrecer. Y agrega con el ceño arrugado: Ojalá pudiera hacer algo más. Ojalá.

Mientras le prepara el baño de asiento con malva, Mandraluna va desgranando algunas respuestas que, imagina, hicieron que Zaiga Ulinda llene su canasta con frascos de su conserva preferida y concurra a verla.

No, ya no prepara remedios mágicos en su caldero,le dice, ni predice el futuro con sus cartas, ni hace hechizos para las uniones o las cosechas. Ya no cura las fiebres. Todo cambió. Las plantas sagradas ya no dan frutos sagrados y las hierbas que juntaba ya no tienen poder. Ella nada puede hacer ante esto. En apenas unos segundos, cuando el cielo se puso morado en medio de la tarde y casi quedan sordos por el zumbido, cuando todos los verdes desaparecieron de los campos y de los árboles, ella, Mandraluna, perdió el poder que durante siglos se mantuvo en su familia. Todo el poder.

Desde entonces los hombres del Valle de Ocre marchan como zombies a los que solo le importa producir y aparearse, y las mujeres, agobiadas con los permanentes embarazos y violaciones ya no pueden dar a luz críos sanos, sin que ella pueda hacer nada para remediarlo.

Usted me está hablando del incidente, dice Zaiga Ulinda. Si, si querés llamarle así, digamos que estoy hablando del incidente.


3 comentarios:

  1. uy.. todo cambia con un incidente. o empieza. o termina.
    la producción de tu novela es brillante.
    me inquieta e intriga a la vez.
    salud nena!!!

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  2. Hola,preciosas letras van desnudando la integral y pura belleza de este blog, si te va la palabra elegida, la poesía, te invito al mio,será un placer,es
    http://ligerodeequipaje1875.blogspot.com/
    gracias, buen día, besos anómalos...

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Gracias