28/1/12

El mensajero IV

Viene de aquí 
Isis

Llegamos a la U unos minutos antes de que sirvan el almuerzo, así que después de registrarnos y dejar el equipaje en la habitación, que esta vez me ocupé de que no fuera compartida como en mi anterior visita, nos acompañaron al comedor improvisado bajo la carpa —si, carpa— que se arma con mesas y sillas de plástico y se desarma para convertirse en taller de salsa o salón de conferencias, acorde a las necesidades de la hora. El resto del día funciona como consultorio abierto y múltiple. Hay mesas con un par de sillas distribuidas a lo ancho del salón, acá y allá, donde cada maestro habilitado del sistema ayuda a un practicante a “expresar”, técnica que enarbolan como propia y que no tiene ninguna diferencia con el viejo y querido psicoanálisis, salvo en el nombre. Alguien habla, llora, hace catarsis y el otro escucha. En eso consiste el famoso “expresar”. Una receta que contiene buena oreja, vaso de agua y carilinas, y que podríamos recrear en cualquier bar frente a un buen amigo.

Vine preparada para armarme de paciencia y no fastidiarme por las mismas cosas que me hicieron huir de acá hace dos años, también tengo esperanza de que algo haya cambiado, pero en el almuerzo noto que siguen con la política de servir el agua —única bebida incluida en el paquete básico— a temperatura ambiente. Pienso que la gente que viene a este lugar está dispuesta a pagar un alto precio por la iluminación. Pienso que seguramente eso está bien, que así debe ser, el caso es que yo, María Victoria Zambrano, (35) periodista de la sección cultural de una revista, soltera y sin intenciones de dejar de serlo, no estoy acá para iluminarme sino para hacer mi trabajo, y para hacer mi trabajo no necesito privarme de agua helada ni renunciar a mi privacidad. Con esa idea fuerza, salgo a caminar alrededor de la U en busca de un quiosco que me venda algo fresco, y de paso, fumar un cigarrillo en libertad.

Me siento en la plaza cercana y repaso en la notebook los titulares policiales que hablan del caso que me trajo hasta aquí.

“Misteriosas desapariciones en un spa uruguayo” dice uno, “Son dos los jóvenes desaparecidos mientras hacían un retiro espiritual en el centro La U” “La gurú Isis niega que los dos jóvenes hayan desaparecido mientras estaban alojados en su centro” “La policía uruguaya no encontró ninguna evidencia que incrimine a la gurú Isis en el caso de los jóvenes argentinos”

Cuando vuelvo al spa, la carpa multiuso está siendo acondicionada para el darshan vespertino de Isis, la mujer de perfil armonioso cuya foto anduvo danzando de mano en mano por las redacciones de periódicos y canales de las dos orillas del Plata, durante todo el mes pasado, esta vez salpicada de sospechas por un hecho policial. Causa de gran alegría para los cientos y por qué no miles, que tienen orgasmos intelectuales toda vez que alguien relacionado con el ambiente espiritual de la nueva aparece rodeado de circunstancias poco favorables. Allí es donde el imaginario colectivo derrapa en proyecciones oscurantistas y descarga la ira que ni sus líderes pacifistas ni sus sangrientas religiones pudieron quitarles del corazón. Al enemigo, ni justicia. ¡Ardan las nuevas brujas en la hoguera de la nueva inquisición! En fin.

Isis es una mujer armoniosa en todos los sentidos. Cuando ella aparece, todo en el ambiente se vuelve gentil y apacible. La carpa, que tenía hasta entonces la carga energética de docenas de almas volcando su angustia, parece quedar liberada de la mala vibra con un repaso lento de sus ojos de linda morena. Cuesta mucho asociar a esta persona carismática que sonríe con todo el ser, con la empresaria exitosa que sin dudas es. Su negocio es venderse a sí misma: la maestra iluminada que cambiará tu vida para siempre enseñando su método, siempre y cuando lo elijas con todo tu corazón y lo acompañes con el bolsillo, desembolsando el precio en dólares por un all inclusive en el spa menos confortable de la costa este.

Me siento en una de las sillas plásticas al final de la fila, la más lejana al tablado en el que Isis acomoda su silla alta y dando una mirada en redondo toma su micrófono para empezar el darshan. No quiero que sus ojos me encuentren. No quiero tener que bajar los míos si es que me mira directo. No quiero que sepa por qué estoy aquí. No quiero, pero no puedo evitarlo. Se detiene en mí y empieza el darshan dándome la bienvenida. Recuerda que estuve hace dos años. Sonrío como una tonta por toda respuesta y quiero que la carpa se abra para poder salir volando.


Continuará



1 comentario:

  1. Para la CHIVI que andaba reclamando la continuación de la historia, acá estamos,retomando con toda la energía en el año del dragón.

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Gracias