29/1/12

El mensajero V


El incidente 

—Cuénteme del incidente, Mandra, le dice Zaiga a la hechicera, que después de la última frase había entrado en un estado de sopor, con la mirada perdida en dirección al mazo de cartas. Que no, que ya no tengo nada más para contar, niña, es mejor que te vuelvas a tu casa, tu amañando debe andar buscándote.

Mi amañando, piensa la niña, él nada más quiere subirse y volcar sus fluidos en mi vasana, quiere contagiarme sus fiebres, quiere clavarme su estaca y después dormir como un torco, mientras crece en mí el hijo que antes de nacer está condenado a morir. No quiero volver todavía, Mandra, necesito que me cuente del incidente.

Nada, dice la hechicera, nada más lo que te dije. ¿Pero usted donde estaba, que vio? Algo tiene que haber visto. Sí, vi que el cielo se ponía de color morado, era la tarde y yo estaba recogiendo las hierbas por la cuarta colina, un ruido como de macientos truenos y después, nada. Me desmandé al suelo, y así me encontraron las comadres ese día. Todo había cambiado de color. No había verde en la colina, todo parecía seco y sin vida. Había vida, pero era amarilla, distintas clases de amarillo. El ocre le dijeron, ellos dijeron que el ocre había ganado los campos, los troncos de los árboles, los arbustos, los cultivos, la hierba. Las hierbas sagradas también cambiaron de color, entonces ya no pude distinguirlas, entonces dejé de preparar hechizos y remedios, entonces perdí el poder que me perteneció. Y así estamos. ¿Cuánto hace que pasó eso, Mandra? No sé niña, vos todavía no habías nacido, pero estabas naciendo, tu madre vino a que la asistiera en el parto. Poco pude hacer, pero viviste. Lo de las fiebres empezó poco después y lo de los hombres, que empezaron a alzarse ya de zarucos, cada vez más pronto, y a montarse a las niñas que luego morían o daban a luz bebés moribundos. ¡Ay, no quería memorarme de eso, Zaiga Ulinda! Me has sembrado de vuelta la amargura. Es mejor que te vayas, ahora, ahora mismo.

La Mandra entró otra vez en su sopor, cerrando los ojos y finalmente cabeceó y se quedó dormida sobre la mesa, entre los naipes ajados. Zaiga Ulinda oyó voces a lo lejos y temió lo peor, que su amañando la viniera a buscar para llevarla a la cabaña de nuevo. Imaginó como iba a poseerla tirándola en la hierba, por el camino, y de nuevo al llegar, en el maloliente camastro, símbolo de la humillación que no la abandonaba. Sintió el ardor fuerte en los pechos y la hinchazón en el vientre y deseó con todas sus fuerzas que algo pasara. Que algo la liberara de una esclavitud que no sabía como se llamaba, pero que ya no quería soportar, de ninguna manera.

Las voces se acercaban y creyó distinguir la de Xaimon, el amañando, y también la de una mujer que parecía ser su madre. Era triste no poder contar con la ayuda de su madre, ni de la hechicera, ni de ninguna de las mujeres del Valle del Ocre, porque todas estaban así: aplastada su voluntad por los embates de los torcos afiebrados, que vivían para acosarlas con sus estacas y penetrarlas una y otra vez. Hasta que las fiebres del embarazo las tumbara en el camastro deseando la muerte que no llegaba para ellas, sino para las criaturas que salían débiles de sus vasanas.

Ya no más, pensó Zaiga Ulinda, ¡Ya no más! Repitió luego en voz alta. ¡Ya no mas! Sonó como un grito de tuera acorralada. Ya no más, se repitió para darse ánimo, y cuando las pisadas de los que llegaban se oían fuertes en el camino de grava, se metió al cuarto de atras de la casa de Mandraluna y trepó por la pared apoyándose en los muebles hasta alcanzar la viga más grande del techo. Se volvió tan angosta como pudo y acostada en la viga se aquietó respirando poquito, rogando que ni Xaimon, ni la madre, ni Mandraluna la descubrieran.

Continuará

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