31/1/12

El mensajero VI

Joaquín

María Victoria Zambrano se despierta sobresaltada por el golpe suave contra la puerta. Palpando una cama que no es la suya recuerda que está en el Spa para la conciencia más disciplinado y menos amable del mundo. El desayuno se sirve a las 8 y el que no está a horario se lo pierde. Al menos, piensa, el desayuno es rico, sano y variado. Frutas frescas, jugos, yogures y cereal, tostadas y medialunas que una docena de estudiantes del sistema preparan antes del amanecer, tarea por la que no reciben otra paga que alojamiento, comida y matriculación en el sistema, luego de una indefinida cantidad de años de servicio. Antes de salir de la habitación llama por teléfono a Felicitas, la directora de la revista.

—Hay cambio de planes—, le dice —no voy a entrevistar a Isis, como habíamos quedado, creo que va a ser mejor indagar por otro lado, por el lado de los que son habitués del centro, sospecho que hablar con la mujer va a ser la manera más rápida arruinar la investigación. En suma, creo que ya sabe por qué estoy acá y si lo blanqueo me van a dar una patada en el culo. No, mujer, no, no estoy paranoiqueando, te juro que se lo vi en los ojos. Ella sabe todo, se entera de todo. No te preocupes, luego nos comunicamos.

No estoy paranoica, se dice para sí. Es que después del darshan de la tarde, cuando Isis clavó su mirada en ella y le recordó su estadía, notó que todos los asistentes de la gurú enfocaron su atención alrededor de ella. Notó que la seguían, disimuladamente, adonde fuera, e incluso una de las instructoras del sistema que le cortó el paso en el pasillo de las habitaciones, le sugirió que aprovechara su tiempo yendo a expresar. ¡A expresar! No tengo una puta mierda para expresar, pensó. Sin embargo y para no levantar sospechas se llenó de coraje, respiró hondo y trató de recordar alguna circunstancia desagradable de su vida que sirviera para el caso. Terminó debatiendo con la maestra asignada sobre la necesidad de matar al Buda, una propuesta filosófica del zen que había leído por ahí y sobre la cual Sathia, la anciana bondadosa que hacía de escucha no tenía la menor idea.

Si quería permanecer en el spa para investigar, María Victoria sabía que debía aceptar las reglas del juego del sistema Usha. Expresar a tal hora, meditar a tal otra, alimentarse en los horarios establecidos y socializar en el comedor como todos los demás. Soportar con estoicismo los llantos y lamentos de los que expresaban públicamente sus heridas psicológicas en las mesas de la carpa a toda hora y escapar de tanto en tanto a caminar por la playa y a fumar, y sobre todo, vencer la tentación de salir disparada como una flecha al puerto de Montevideo, tal como hizo la otra vez.

Es que María Victoria Zambrano es incompatible con cualquier clase de disciplina, y no hay cosa que la fastidie más que resignar su modo libertario de vivir en un lugar donde se la trata como a una oveja más del rebaño. Sin embargo la presión no mengua su capacidad intuitiva, sino que la potencia, por eso eligió a Joaquín, el joven que se presentó en el viaje, para empezar a indagar y buscar respuestas, que para eso estaba allí. Y no se equivocó.

No era tan difícil llegar a Joaquín, le alcanzó con sentarse en la misma mesa durante un par de comidas y luego acomodar su colchoneta al lado de la de él a la hora de la meditación. El chico tenía una inmensa necesidad de hablar con alguien, así lo indicaba la cantidad de veces que lo veía ir en busca de algún maestro para expresar. Por eso, al atardecer del segundo día en la U, surgió espontáneamente de él, la invitación para ir a caminar por la playa.

Continuará

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