1/2/12

El mensajero VII

Las preguntas correctas

Zaiga Ulinda es una zaruca morena de apenas 15 años que creció sin educación, como todos los de su edad, en el Valle del Ocre, una comunidad agrícola dentro de una civilización poco avanzada que retrocedió aún más después del incidente. De un día para el otro y sin que nadie pudiera explicarse el fenómeno, el ecosistema y los seres que lo habitaban cambiaron drásticamente. El legado cultural y moral que acataba la sociedad en esas comunidades fue sustituido por el imperio de los instintos más primarios. Alimentarse, aparearse, reproducirse, parecen ser hoy los únicos mandatos que obedecen todos, principalmente los hombres, que utilizando su superioridad física reducen a las mujeres a la función de vasijas que deben ser llenadas. A ellos no les importa que la esposa caiga presa de la peste que se esparce por el valle. La mortalidad infantil y de parturientas terminará aniquilando a la población, pero ellos no tienen conciencia del suceso, como tampoco compasión para percibir el sufrimiento de las mujeres casi niñas que son entregadas por sus padres, como Zaiga Ulinga, ni bien tienen su primera regla. Zaiga es una de las pocas, o tal vez la única, que conserva en algún lugar de su ADN o de su conciencia, la memoria de una vida diferente, aunque de hecho no la haya conocido.

Zaiga tiene los brazos y las piernas como palitos secos a consecuencia de los embarazos continuados y las fiebres puerperales. Su cuerpito magro sufrió los embates de su amañando que la monta a toda hora, la mala alimentación y el dolor hicieron el resto. Sin embargo en el fondo de sus ojos hierve un caldero grande como el de la hechicera Mandraluna. Un caldero donde la rebeldía y la determinación se cocinan a fuego lento, inexorables. Por eso se muerde los labios hasta sangrar, escondida en la viga más ancha de la cabaña de Mandraluna, mientras Xaimon, su amañando, y Denga, su madre, sacuden a la hechicera para que les diga si ella estuvo allí.

Por fortuna Mandraluna conserva su prestigio de hechicera aún después de haber perdido todo su poder, aunque no necesita mucho para engañar a un par de mugles que vienen a increparla. Nadie en este ni otro mundo puede hacer decir a Mandraluna lo que no quiere decir. Y se acabó. Los mugles salen convencidos de que lo que buscan no está allí.

—Ya podés bajar, niña, se han ido—. Dice la Mandra, sorprendiendo a Zaiga Ulinda, que pensaba que la maga estaba dormida cuando ella subió a esconderse sobre la viga. Gracias, le dice, muchas gracias por lo que hiciste. No me agradezcas, dice la anciana, es mejor que vayas buscando un lugar donde esconderte o que vuelvas a con tu amañando. Estos mugles te van a seguir buscando y no quiero verme en medio de una disputa familiar.

—Mandra, quiero que me escuche, por favor, no se vuelva a dormir. Necesito que me ayude, yo a cambio puedo ayudarla. Si usted me permite, Mandra, quedarme aquí por un tiempo, le puedo ayudar a encontrar sus hierbas mágicas, las que le devolverán su poder, le puedo ayudar a preparar sus potajes sanadores, también le puedo ayudar a secar el tabaco para sus palés de ensoñar, soy joven y tengo fuerza para hacer todo eso.

La hechicera la mira de arriba abajo y sonríe. ¡Niña, por mis ungüentos, que estás más seca que el árbol de unyuca que tengo en el frente! Si hay alguien que no podría ayudarme en nada es una zaruca recién parida y revolucionaria. ¿Qué quiere decir revolucionaria, Mandra? , Ah, niña, no importa, es una palabra que se usaba antes del incidente, ahora ya no tiene sentido. Nada, en el Valle del Ocre tiene sentido después de… ¡Eso, Mandra, eso, es lo que necesito que me diga ¿Cómo era la vida antes, que fue lo que pasó, que fue el incidente, qué fue, por qué cambiaron las cosas? . Demasiadas preguntas para una vieja corta de memoria y escasa de poder, niña, podríamos ir contestándolas de a poco, pero yo sola no puedo, yo también necesito ayuda…

Mandraluna se fue quedando dormida mientras hablaba y Zaiga Ulinga no pudo hacer nada más para despertarla. Entonces comprendió que quedarse en la cabaña a pesar de la negativa de la Mandra era su única opción. Acomodó una manta en el piso de la inmensa cocina y se durmió pensando que si había una manera de saber lo que había pasado, era armarse de paciencia y seguir interrogando a la hechicera hasta las últimas consecuencias. Y si había una forma de reparar lo que había pasado, lo más sensato era empezar por saber qué lo había causado. Se sorprendió a si misma pensando con una claridad que antes, abrumada por los excesos sexuales de Xaimon, no había podido tener. Y antes de dormirse totalmente, un destello puro de conciencia vino a decirle que para obtener otras respuestas, tal vez debía hacer otras preguntas.

Continuará

1 comentario:

  1. jaja te quiero atrapar aunque te mudes...muhahaha

    ResponderEliminar

Gracias