20/3/12

El mensajero IX


9 El chamán

Zaiga Ulinda se despertó inspirada y con la energía fresca. Dormir en el piso de la cabaña de Mandraluna es mucho mejor que hacerlo en el camastro de esclava junto al amañando, concluye. La liberación de las obligaciones maritales parece haber favorecido la claridad de pensamiento de la joven fugitiva.

Había tenido una revelación antes de dormirse que se había repetido en un sueño vívido que recordaba con detalle. En el sueño una voz le decía que tenía que cambiar las preguntas, que si hacía siempre la misma pregunta obtendría la misma respuesta.
Si Zaiga Ulinda preguntaba sobre el incidente, la maga repetiría una y otra vez que el cielo se puso morado, que lo verde se puso amarillo, que dejó de encontrar las hierbas para sus remedios y que a causa de eso, ella, la Mandra, perdió todo su poder. No puede responder nada más, porque la Mandra no se lleva bien con la abstracción. Su magia es la ciencia más exacta que puede existir, y ella solamente acepta como verdadero aquello que forma parte de su experiencia.

La Mandra no especula sobre lo que no sabe, ella sabe lo que sabe. Sabe que si mezcla en su debida proporción en el caldero las hierbas que curan, por ejemplo, un tumor viscoso y maloliente en el hígado o el riñón, y se las da al enfermo en el momento adecuado, el portador de la desgracia sale de su cabaña con la vitalidad de un zaruco de 10 y sin huella de lo que trajo. La Mandra no se pregunta sobre la naturaleza de los milagros, nació con eso, como la madre y la madre de la madre y simplemente lo hace, sin conocer la existencia de tal palabra.  O eso hacía, al menos, antes del incidente.

—Mandra, ¿en qué quiere que la ayude? ¿Qué puedo hacer por usted?—. dice Zaiga Ulinda.
Ay, niña, que no estás aquí para ayudarme, ni tampoco estás calificada, no eres una Mandra de nacimiento, dice la maga que arma otra vez el solitario de naipes sobre la maciza mesa de la cocina, mientras enciende el palé de ensoñar, deseosa de evadirse de esta extraña realidad que prescinde de su poder.
—Puedo hacer otras cosas, insiste con tenacidad Zaiga Ulinda. Puedo hacer que las cosas vuelvan a ser como antes del incidente.
—¡No me hagas reír que todavía no prendí mi cigarro, niña! Tú no puedes hacer eso, no está presente el que puede hacer eso.
—Espere, Mandra, no se vaya a ensoñar todavía, antes dígame quien puede. ¿Quién puede saber como cambiar todo esto? ¿Adónde puedo encontrarlo? Dice Zaiga sacudiendo un poco a la maga.
— ¡Niña! Son dos preguntas, no me acoses. No puedo responder dos preguntas al mismo tiempo, ponte de acuerdo sobre lo que quieres saber.
— ¿Entonces quién, Mandra, por sus ungüentos, quién puede saber?
— ¡Niña, que te pongas de acuerdo, si quieres saber quien puede o quieres saber quien sabe! Yo no puedo saber…
— ¿Quién SABE? ¿Quién es el que sabe?  Zaiga busca la manera correcta de hacer la pregunta para evitar el desenfoque de la hechicera, que a esta altura está más dormida que despierta.
—El Chamán sabe, pero yo no puedo saber quién es el Chamán. Responde categóricamente Mandraluna.
— ¿Adonde vive el Chamán, Mandra? —Dice suavemente Zaiga, bajando la ansiedad para respetar la regla de una pregunta por vez.
— ¡Niña, no lo sé! ¡Si lo supiera sabría donde encontrar la cola del dragón! ¡Y si encontrara la cola del dragón encontraría mi cabeza! Dice la Mandra, dejando sentado que a una sola pregunta le correspondían varias ambiguas respuestas. Dicha la última palabra, la anciana hechicera se pierde en el ensueño de las Mandras que perdieron todo el poder y no pueden lidiar con eso.

La cola del dragón es una hierba, dice Zaiga para sí. Ella lo sabe porque su madre se lo dijo. Denga le pidió un día, cuando era todavía una zaruca no iniciada, que le ayudara a encontrar la cola del dragón. Le describió la hierba con mucho detalle, le dijo que era una mata pequeña de un color verde intenso que crecía a la sombra de los sarutúes altos, y que se iba entretejiendo en el tronco, buscando la altura. 
Una planta de tallos carnosos y hojas alargadas que terminan en una punta filosa con pequeñas escamas de un verde claro brillante, como la cola de un dragón. 

El problema con esta especie es que si un mugle intenta cortarla, la planta larga un ácido que produce quemaduras que pueden provocar la muerte. Solo una Mandra puede cortar la planta, pero Denga la buscaba para, justamente, indicarle a la Mandra donde encontrarla. Dos días enteros había durado la búsqueda, que no tuvo resultado. Zaiga recuerda lo que pasó cuando volvieron a la choza con Denga, la cara transfigurada del amañando de su madre y la pulsión por revolcarla, acto brutal que la niña no pudo dejar de presenciar. Lo recuerda y se llena de furia, son esos recuerdos los que hacen que su rebeldía se mantenga intacta.

Entonces cae en la cuenta del error de su madre: la cola del dragón que buscaban ya no podía ser un arbusto verde. Nada era verde en el Valle de Ocre después del incidente. La cola del dragón debía tener ahora uno de los mil tonos de amarrillo que componían el paisaje. Tenía que salir a buscarla. De eso dependía para que la Mandra recuperara la cabeza y recordara donde vivía el Chamán.

Continuará

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