19/4/12

El mensajero X

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Sueños vívidos

María Victoria Zambrano se queda en la U. Se queda a regañadientes, se queda sin nada que justifique la decisión. Una corazonada, se dice, porque no hay nada de racional en querer quedarse en un lugar donde se siente atrapada y vigilada, y además no encontró la más mínima pista de lo que fue a buscar. Se queda pero en disidencia: no participará en ninguna de las actividades del centro, se desmarcará de la agenda, solo socializará con el resto de los asistentes durante las cuatro comidas que se sirven bajo la carpa multifunción. No le queda otra, en la U no existe el room service. La idea es que compartas tus vivencias con los demás, le había sugerido una instructora. Entiendo, la idea es que mal de muchos consuelo de tontos, le respondió Mariví, sorprendida de sonar como su propia abuela. Así que nada de darles el gusto, su tiempo es su tiempo y lo usará para salir a caminar por la playa o se instalará con su notebook en un banco de la plaza más cercana.

A pesar de que intenta distraerse para que el tiempo pase rápido, el día se hace largo como si las horas reptaran por un terreno empinado, lánguidas como babosas verdes. ¿Que el tiempo pase rápido para qué? Su conciencia, sin embargo, permanece alerta, como un cazador de mariposas que espera la claridad un aleteo revelador. ¿Qué revelación espera? El intelecto que usted trata de contactar se encuentra momentáneamente fuera de servicio, se dice, y trata de leer, sin entusiasmo, la catarata de palabras que bajan por la TL su Twitter.

A la noche, después de la cena, es decir muy temprano para su costumbre, Mariví se desliza en el mullido somier con sábanas y acolchado de impecable blanco de su habitación, por fortuna single, y lo siente confortable, por raro que le parezca.

Desde los pasillos externos se escurren los sonidos típicos de un lugar que hospeda gente de todas las latitudes, alguien grita en portuñol, los brasileros son siempre los más ruidosos, después vienen los argentinos. Hay una chica venezolana que habla con su compañera de cuarto y llora despacito, como si no hubiera llorado lo suficiente en la sesión de expresión, parece que descubrió la causa de su infortunio, que es haberse dedicado más a componer vidas ajenas que a construír la propia.

María Victoria calcula cuánto le habrá costado a la chica venezolana, en dólares, darse cuenta. Quizás más o menos o lo mismo que un tratamiento con el mejor psicoanalista, pero en tiempo récord. No puede entender como es que está por dormir una noche más en medio de este loquero por decisión propia, algo no cierra. Y sin embargo, se va quedando dormida con una sensación nítida de paz.

De pronto una presencia la inquieta. Isis está sentada al costado de su cama, su cara pálida se destaca en la penumbra del cuarto y su ropa negra se funde en el entorno oscuro, el efecto resultante hace que su cabeza flote, libre, sobre la cama de Mariví. Los ojos de la gurú están raros, como dos círculos totalmente negros en cuyo centro brilla una perla grisácea. María Victoria trata de decir algo pero no puede moverse y sus labios no responden. Isis está hablando de un chamán y una cueva, dice algo sobre un mensajero del otro lado y una hierba llamada cola de dragón. A medida que habla su rostro va mutando, como en esos videos en que los rostros se superponen a gran velocidad, y en su lugar aparece la cara de un hombre de tez oscura que tiene los mismos ojos de plato con una bolita gris, sin una gota de blanco en la periferia. María Victoria piensa, con un hilo de conciencia muy delgado, que esas cosas pasan solo en los sueños, entonces todo el cuadro funde a negro.

Mariví vuelve a abrir los ojos y ya es de día. Los colores volvieron y los sonidos coinciden con las actividades matinales del centro la U. Cuando se incorpora para ir a darse una ducha nota que le duele todo el cuerpo, como si volviera de un largo viaje, o hubiera dormido toda la noche sobre el piso. Se deja acariciar por el agua tibia mientras recuerda el extraño sueño. Ella conoce a ese hombre de alguna parte, más que pensarlo, lo siente.

Al mirarse en el espejo empañado del baño, María Victoria contiene el grito. Una cara de mujer, desconocida, se superpone a lo que debería ser su cara. Es una adolescente de piel ligeramente más oscura que la de ella, tiene el pelo renegrido y los ojos, ¡esos ojos! los mismos ojos que vio en Isis y en el hombre del sueño. Aterrada, después de unos segundos atina a limpiar el espejo con la palma de la mano y la figura se desvanece.

Acá está pasando algo raro, algo groso, se dice. Algo que no sabe explicarse cómo ni por qué, pero presiente que tiene que ver con lo que vino a buscar. El misterio de la desaparición del chico en la U bien puede estar relacionado con lo que me está pasando, concluye. Pero también sabe que no podrá manejarlo ella sola. Y sin tener idea de por donde empezar, decide volver a Buenos Aires a buscar ayuda.

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