20/4/12

El mensajero XI


11
El zaruco

—Encontrar los sarutúes altos para encontrar la cola del dragón, para que la Mandra encuentre su cabeza para ayudarme a encontrar al Chamán que sabe, para que me ayude a encontrar la solución a todo este lío que causó el incidente.

Así arma la secuencia Zaiga Ulinda, de acuerdo con lo poco que logró sonsacarle a la hechicera. Ya tiene un objetivo inmediato: buscar entre las Cinco Colinas Azules y bajo los sarutúes altos la hierba que llaman cola de dragón, después verá como sigue. Zaiga piensa, Zaiga resuelve, Zaiga ya no es la niña que era cuando llegó a la cabaña de Mandraluna huyendo de su primitivo amañando, devastada por la fiebre puerperal y la pérdida de sus embarazos. Zaiga se observa y encuentra que su vestimenta, además de desagradable, le resulta poco apropiada para la excursión que se propone. Mira sus pies, apenas contenidos en un par de sandalias rústicas de piel de chimaco. Le desagrada ver la tierra acumulada en el espacio entre los dedos, necesita darse un baño. ¿Pero de que le servirá darse un baño, si al cabo de un rato el polvo azulado del camino se refugiará de nuevo en sus rincones húmedos? Si no tendrá más ropa que ponerse que el rústico vestido que de tan remendado con telas diferentes ya no se sabe cuál fue la original. Si ya perdió la cuenta de cuándo fue que estrenó un vestido.

Después del incidente, poco a poco, las telas y vestidos que llegaban de las ciudades lejanas del norte dejaron de llegar, como tantas otras cosas que ella, Zaiga Ulinda, no alcanzó a conocer sino por el relato nostálgico de su madre. Pero ahora no hay lugar para la nostalgia, ella tiene una misión importante que cumplir, y se prepara recitándola, como un rezo, encontrar los sarutúes altos, para encontrar la cola del dragón, para encontrar la cabeza de la mandra, para encontrar al chamán. Aunque tal vez, la secuencia bien podría invertirse sin alterar el resultado, puesto que lo esencial era encontrar al Chamán.

Mandraluna sigue dormida sobre la mesa, así que Zaiga Ulinda toma un recipiente con tapa, lo llena de agua fresca y lo ata a su cintura con una correa, desiste de cargar una bolsa con un poco de pan y dulce, quiere ir liviana para poder resistir lo desparejo del terreno, tendrá que subir, bajar, escalar, y con esas sandalias. Cuando está saliendo la Mandra le pregunta a dónde va, lo que le hace pensar que posiblemente la hechicera se haga la dormida cuando no quiere que la moleste con preguntas. A buscar la cola del dragón, Mandra, le contesta sin detenerse ni mirar atrás.

Zaiga Ulinda ya recorrió la primera de las colinas azules, nada de sarutúes altos, nada de hierba cola de dragón, pero encontró una hermosa cascada de agua cristalina como hace mucho no ve. La cascada forma una pequeña laguna de poca profundidad. Se saca las sandalias, arroja también el vestido y deja que el agua fresca como un beso la acaricie. Se alegra de poder sacar la tierra azulada que se acumuló en sus recodos más íntimos, se entrega por entero a la tarea, y cuando se siente limpia de polvos azules, se ofrece, cara al cielo, brazos en alto, como si le pidiera al agua que la purifique por dentro. Siente algo que nunca antes había sentido, ella no sabe como llamarlo, alguien con más conocimiento lo llamaría libertad.

Zaiga Ulinda se seca al sol con los brazos abiertos, demorando el momento en que tendrá que ponerse de nuevo el vestido harapiento y las sandalias rústicas. Cuando el sol se oculta tras una nube blanca, ella se acerca al espejo de agua de un remanso y peina con los dedos, torpemente, la larga cabellera que le llega hasta debajo de las nalgas. De pronto nota algo extraño en lo que refleja el agua. Una cara que no es su cara, la cara de una mujer distinta, de piel clara como la luna la mira fijamente. Sus ojos ¡sus ojos! ¿Dónde es que ella vio unos ojos así? La mujer de los ojos extraños levanta la mano, la pasa sobre el agua y la imagen desaparece. Zaiga Ulinda se sobresalta, corre a buscar su ropa y siente que tiene que salir rápido de allí, pero ¿hacia dónde? Busca con la mirada un lugar por donde huir y entonces lo ve. Un zaruco alto, como de su edad, bien vestido, delgado, la está observando desde la cumbre de la próxima colina. ¿Cuánto hace que ese zaruco la está mirando? El solo pensar lo que puede pasar le remueve una angustia vieja, que creía enterrada, el zaruco querrá subirse a ella, porque lo único que puede querer un zaruco en este mundo es montarla, someterla, hacerle un hijo y adueñarse de ella. Nada más. Pero el muchacho en lugar de bajar hacia ella, se da vuelta de golpe y corre colina abajo hasta perderse de vista.

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