21/4/12

El mensajero XII



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El regreso


Después de lo del sueño y el suceso del espejo junté mis cosas y me fui del centro la U sin despedirme de nadie, justo en el cuarto día, igual que la vez anterior. A lo mejor estuve poco profesional, tal vez debí quedarme para interrogar a Isis, pero en ese momento no confiaba en nadie, mucho menos en la gurú. Esperar al próximo barco era demasiado tiempo, así que tomé el primer avión que salía para Buenos Aires. Una vez instalada en mi asiento llegó el alivio y pude pensar con tranquilidad en lo sucedido. Recordé que el maestro de reiki Roberto Kin, había dicho en una nota para la revista, que muchos pseudo maestros de la new age mezclan sustancias alucinógenas en la comida o bebida que ofrecen en sus seminarios para inducir una falsa experiencia mística en sus seguidores. Por eso, explicó, el no permitía ni ofrecía nada de comer o beber hasta tanto haber terminado con el curso. Eso le da una explicación racional a mi experiencia. Es posible que en la cena de esa noche hayan puesto algo en mi comida, o tal vez es algo habitual y lo hacen con todos.

En esas reflexiones andaba cuando veo venir en mi dirección a Joaquín, el chico de Mar del Plata que llegó conmigo a la U, el mismo de la salida fallida. Yo no tenía ganas de hablar con nadie, mucho menos de escuchar al manual viviente del sistema Usha que es este pibe. Así que metí mi cabeza en el libro que llevaba y me hice la que no lo veía. Inútil. El sí me veía y se sentó en el asiento contiguo al mío, desafortunadamente vacío.

— ¡Hola! ¿Ya te vas tan pronto? ¿No encontraste lo que buscabas?

Y sin esperar respuesta empezó a contarme el verdadero motivo de su presencia en el lugar. Joaquín Aguirre tiene 22 años y es íntimo amigo de Agustín Dilascio, que también tiene 22 y está desaparecido desde hace tres meses. Es exacto el dato que trascendió, la última vez que se lo vio estaba en el centro la U, en Costa Blanca, Uruguay, él acababa de comprobarlo.

—El boludo se cortó solo—me dice—, había tenido un quilombo con los padres, un quilombo estúpido, una boludez, y salió para cualquier lado, sin avisar. Nos enteramos por la policía que había ingresado a Uruguay y después de un tiempo supimos que había estado en la U.

—¿Por qué me mentiste, entonces? —le pregunto.

—Porque no confiaba en vos, bah, en nadie, vine por mi cuenta a ver si podía averiguar algo, es cierto que ya había estado otras veces, también lo traje a Agus una vez, y me siento un poco responsable. Entonces tampoco sabía quien eras vos.

No llegué a preguntarle de que forma averiguó mi identidad, pero supongo que habrá googleado mi nombre. Mi biografía aparece infinitas veces en internet como periodista y bloguera, y también tengo una cuenta oficial en Twitter y Facebook. ¡Que idiota soy! Seguramente Isis también usó Google para saber de mí. Los brujos y brujas contemporáneos corren con mucha ventaja.

Le pregunté a Joaquín si había hablado con Isis sobre el tema. Me dijo que sí, que ella se mostró muy amable y dispuesta a ayudar, que le confirmó que los efectos personales de Agustín Dilascio se encontraron intactos en su habitación en el centro, así que el chico salió con lo puesto y nunca regresó. Por dichos de otros habitués de la U, el chico solía ir a caminar por la playa, y de una de esas caminatas no volvió.

Nos despedimos en aeroparque con la promesa de intercambiar información sobre el caso, él volvía a Mar del Plata a informar a la familia de Agustín sobre lo averiguado, al igual que yo, se movilizaban por su cuenta ya que no confiaban mucho en la habilidad de la policía argentina para encontrar gente perdida. Por supuesto no le conté mi experiencia paranormal en la U, ahora que él se mostraba razonable no iba a quedar yo como la loca.

Vine directo a la redacción y luego de una reunión con Felicitas me zambullí de lleno en los archivos virtuales y físicos de la revista, principalmente los que hablaban del caso Agustín. Una cosa me fue llevando a la otra y en una de esas apareció el archivo de la nota a un gurú científico que mi compañero entrevistó hace más de un año. En su momento me pareció una tremenda boludez todo lo que decía, pero ahora, a la luz de mis últimas experiencias parece cobrar algo de sentido. Habla de física cuántica y su conexión con las tradiciones espirituales más antiguas, de la ilusión de la materia, de las realidades superpuestas y de un montón de cosas más que no puedo sintetizar. El licenciado Walter Bohnmer tiene página web y un largo currículum, parece haber recorrido el mundo entero dando charlas y seminarios. No es un improvisado, ni un chanta, todo lo que encuentro da cuenta de un hombre prestigioso y respetado en el ambiente científico y espiritual. Pero esta catarata de información random no me dice tanto como la imagen que el tipo usa como cabecera en su web. Es una imagen que con características de pintura rupestre que recrea un par de ojos idénticos a los que vi en mi sueño. Completamente negros, algo rasgados en su forma, sin una pizca de blanco en la periferia, con un centro de perla luminosamente gris. La búsqueda por imágenes en Google no arroja ninguna información adicional, pero al bajar y agrandar la imagen con la lupa, se puede leer la inscripción sobre el margen inferior derecho: Eyes of the other side.

No necesito nada más para decidir que tengo que hablar con Walter Bohnmer. Tampoco tengo ya dudas de que mi experiencia en la U y la desaparición del chico Agustín están relacionadas de una forma misteriosa con esos ojos enigmáticos, y creo que el licenciado Bohnmer me ayudará a encontrar la conexión. Son demasiadas coincidencias para pensar en casualidad.

Prendo un cigarrillo mientras me inspiro para escribirle un mail que suene convincente. Si tengo suerte, si no está dando alguna de sus conferencias por el mundo, me reuniré pronto con el científico gurú. Como que me llamo... María Victoria Zambrano. (¿Por qué tuve que pensarlo?)

Continúa

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