23/4/12

El mensajero XIII


13 
Agustín

1 de diciembre del 2011

Agustín Dilascio carga una mochila mediana con lo poco que atinó a guardar después de la pelea con sus padres. No había sido gran cosa pero él siempre actúa por impulsos y se deja llevar. Apenas pisó Buenos Aires supo que no le iba a durar mucho el enojo y que en pocos días volvería a reunirse con toda la familia para las fiestas de fin de año. Por otra parte, tiene muchas ganas de volver al Spa para la conciencia que conoció con Joaquín y donde se había sentido tan a gusto y en paz con la vida. No es que la vida le presentara problemas, sino que su carácter le hacía meter la pata constantemente y dañar a quienes más amaba. Por su naturaleza emocional, ya desde chico la madre había insistido en que aprendiera técnicas de relajación, yoga y meditación, pero él se escapaba de los lugares cerrados para ir a meditar bajo algún árbol o se refugiaba en las playas del sur, en épocas en que no llegaban los turistas. Así que enfiló para el puerto de Buenos Aires y sacó un pasaje en Buquebús hasta Montevideo, de allí se tomó un taxi hasta Costa Blanca y se presentó en la U sin haber hecho reserva, pero tuvo la buena fortuna de encontrar una habitación single desocupada. Pensó en informarle a su familia, o al menos a su amigo Joaquín, cuál era su paradero, pero su celular se quedó sin señal desde el primer día, y después de todo, pensó, en realidad ellos estaban acostumbrados a sus idas intempestivas y no se preocuparían por eso.

Agustín tiene una inclinación natural hacia la espiritualidad, de chico asistió al catecismo sin obligación, porque realmente le gusta aprender e investigar sobre las religiones, aunque él solo dedujo que para llevar una vida espiritual no hace falta practicar ni aceptar dogmas, que para su inteligencia resultan completamente absurdos.

El primer día deambuló un poco por el interior de la U, se integró a la clase de salsa, charló informalmente con los maestros, escuchó atentamente el darshan de Isis y practicó la unificación que allí se enseñaba, en la sala grande junto a todos los asistentes. Agustín les cae bien a las mujeres de todas las edades, ya notó eso hace mucho tiempo. Le dicen que tiene cara de ángel, y él se ríe, no se siente para nada un ángel, pero le saltan chispas doradas de sus ojos celestes, y hasta la mismísima Isis le dijo una vez “you are so cute” y a él se le infló el ego un poco.

Esa noche se durmió temprano, agotado por el viaje y se levantó a desayunar a horario. A la tarde decide que ya pasó muchas horas bajo techo y sale solo a caminar por la playa. Camina hacia el este, dándole la espalda al sol varios kilómetros.

Llega hasta donde la arena se vuelve pedregosa y la playa termina en altos barrancos poblados de arbustos. Se sienta al lado de lo que parece una cueva que se abre paso por dentro del barranco. Un aire fresco sale de allí adentro y todo está en completo silencio, el pueblo quedó tan atrás que ya no se ven edificaciones. En lugar de meditar, como es su costumbre, decide practicar las frases que Isis enseña en su sistema, ellos le llaman “llaves” y sirven para expandir la conciencia. Ayer adquirió dos llaves (frases) nuevas y va a utilizarlas como le enseñaron, concentrando su atención en los puntos de su cuerpo que corresponden. Tercer ojo, ombligo, corona, cada punto con su llave. Al momento siente que los límites de su ser se van ampliando hasta tocar las olas, la tierra de los barrancos, está en comunión con la naturaleza que lo rodea, expandir, expandir, respirar el cielo, tocar la raíz de aquel árbol, sentir una alegría desbordante, expandir, expandir, amar, amar. Lo más alucinante es que está completamente consciente de todo lo que pasa a su alrededor, no es el típico estado alfa que conoce muy bien, ese estado semidormido donde la conciencia permanece en segundo plano. Esta experiencia es real, vívida, diáfana, toda la información del universo parece correr por sus venas, y todo es amor, tal como Isis lo describe.

En el momento culminante del éxtasis, empieza a notar algo discordante, un sonido por momentos agudo, y por momentos como el de un avión con doscientas turbinas, que sale de la cueva. De pronto el sonido ocupa toda su cabeza, no hay otra cosa más que sonido, de tan fuerte cree que le sangran los oídos. Entonces sí, pierde la consciencia.

Cuando se despertó, el mar ya no estaba allí. Ni el barranco, ni la playa, el sonido se vuelve infinitamente más suave, hasta que desaparece. Está acostado boca abajo en un terreno de color azul, cubierto de un césped increíblemente amarillo. Piensa que es un efecto secundario, que la experiencia le alteró la vista, se incorpora para ver a su alrededor y lo que ve lo deja flasheando. Está rodeado de colinas insólitamente azules, profundamente azules, en cuyas laderas se ven, acá y allá, árboles, arbustos, césped, una vegetación prácticamente igual a la que conoce, pero en distintos tonos de amarillo, ocre, maíz, más claro, más intenso, como si hubiera caído sobre la tierra un otoño recargado, tan bestial y luminoso que no dejó una sola pizca de verde, nada. Pero sobre una tierra azul.

A su lado, un hombre está sentado como si hubiera estado esperando que él se despierte, un anciano de aspecto extraño que le habla en un idioma que no comprende, que se le acerca y gesticula, entonces Agustín alcanza a ver sus ojos. Completamente negros, sin blanco alrededor, con una bolita plateada en su centro. Son los ojos más increíbles que haya visto jamás.

Continuará

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