25/4/12

El mensajero XIV



14 El mensajero

Zaiga Ulinda se había quedado inmóvil contemplando el cuadro. Tendría unos cinco años cuando Denga le permitió que la acompañara a entregar un pedido de dulces a la hija de Don Paulero. Los Paulero eran la familia más poderosa y rica de Valle de Ocre y por eso vivían en casas muy diferentes, con paredes macizas, puertas de madera y raros objetos decorativos traídos de las ciudades del norte. La pintura que Zaiga observaba estaba colgada en la pared de la sala y su madre Denga tuvo que tironearla para sacarla de allí. Unos pocos minutos le bastaron a Zaiga para no olvidarse nunca más de ese rostro con mirada bondadosa, y sobre todo, de esos ojos de color como el cielo, ojos como no había en todo el Valle de Ocre. Tampoco había cabellos así, largos hasta los hombros y del color de los campos. El hombre joven tenía sus manos levantadas a la altura del pecho, y sobre éste resaltaba algo que Zaiga no sabía reconocer, algo como un fruto rojo parecido a los que Denga usaba para hacer sus dulces. A los cinco años Zaiga Ulinga era ya una zaruca despierta y desafiante, así que ignorando las órdenes de su madre de no faltar el respeto a las señoras que compraban su mercancía, se plantó frente a la hija de Don Paulero y le preguntó por la pintura, aun sabiendo que recibiría un castigo por eso. “Es el mensajero” le había contestado escuetamente la doña, y mientras Zaiga era arrastrada al exterior por Denga, llena de temor por las represalias, la doña agregó, en voz casi inaudible “El mensajero del otro lado” a la vez que sus manos hacían un rápido movimiento tocándose la cabeza, los hombros, el centro del pecho y los labios.

Zaiga soñó muchas veces con el mensajero. Hubiera querido saber más, pero ni a su madre ni a los otros zarucos, ni mucho menos a los Hombres que conocía les importaba saber sobre la misteriosa figura de los ojos diferentes, la mirada bondadosa y los cabellos como el campo. Denga le impuso como castigo no llevarla más a la casa de la doña ni a ninguna otra, así que Zaiga Ulinda tuvo que conformarse con recordar al mensajero y soñarlo de vez en cuando.

Por eso ahora, diez años después, a Zaiga Ulinda se le vuelven a inmovilizar las piernas, sus ojos salidos de la noche misma se abren incrédulos, porque lo está mirando de nuevo. Esta vez no es la pintura que había venido de las ciudades ricas del norte, ni es su imaginación, ni su sueño, sino el mensajero mismo, con brazos y piernas de zaruco, pero con ojos hechos de cielo y nube, con el pelo del color de los campos del Valle de Ocre, con el mismo gesto bondadoso que aquel de la pintura, pero con algunos años menos, que está parado frente a ella y le devuelve la mirada.

¿Cómo llegó hasta él? Zaiga Ulinda piensa rápidamente. Sabe que se bañó en la cascada, se secó desnuda bajo el sol, vio en el agua el rostro de una mujer que no era ella, después descubrió en la punta de la colina a un zaruco que en lugar de tomarla se alejaba rápidamente de ella y entonces ella, Zaiga Ulinda, decidió seguir el camino por el que él había desaparecido. Un zaruco que huye de Zaiga Ulinda merece ser conocido, pensó, o tal vez ni siquiera lo pensó y se dejó llevar por la curiosidad, sin más.

Zaiga Ulinda caminó bastante, tanto que cree que perdió el rastro del zaruco que se comporta en forma tan extraña. De pronto el camino se borró por completo, el campo se transformó en bosque, las colinas quedaron atrás, apenas visibles, y el sendero termina frente a un barranco alto lleno de arbustos en el que se abre una grieta, es la abertura de una cueva cuya profundidad queda oculta por la oscuridad. A pocos metros de la entrada a la cueva, hay una choza, y fuera de la choza un viejo azuzando el fuego sobre el que hierve un ennegrecido caldero, igual que el de la Mandra, y parado en medio de todo está él, el que Zaiga Ulinda persiguió pensando que era un zaruco, pero es El Mensajero.

El Chamán se acerca a Zaiga Ulinda justo para sostenerla cuando se desvanece, ganada por la emoción y el cansancio. Agustín Dilascio no puede creer lo que está viendo, esa chica que lo siguió desde la cascada, que ahora el Chamán acomoda en su catre y arropa con una manta, tiene una belleza salvaje y conmovedora, como si la hubiera pintado un maestro del surrealismo.

Continúa

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