24/1/13

Las neuronas espejo

Hace unos años vivía en otra ciudad y tenía un negocio de accesorios para mujer.
En ese pueblo vivían una gran cantidad de gitanos. Como es su costumbre, los hombres se dedican a la venta de autos y las mujeres, cualquiera sea la posición económica de sus familias, salen en grupo a atemorizar a los pagés, a sabiendas de que un pagé atemorizado es víctima segura de sus embustes. El método es la venta de algo minúsculo y necesario como hilo y agujas, la adivinación de la suerte o en última instancia el pedido de donación. 
Un grupo de tres mujeres comandadas por una muy mayor aparecía todos los días por el negocio aterrorizando a mi empleada. Yo trataba de convencerla de que eran inofensivas y que tenerles miedo era lo peor que podía hacer, sin éxito. Ella las veía venir y empezaba a temblar. Las mujeres entraban, preguntaban el precio de todo, revolvían y nunca compraban nada. Como todos sabemos existe la sospecha de que actúan así para robarse algo, sospecha que en nuestro caso nunca fue corroborada.
Un día decidí terminar con esa situación incómoda y las atajé desde la puerta. Apelé a mis virtudes de diplomacia y me dirigí a la mayor en términos de igualdad:

—Vos trabajás, yo trabajo, entiendo tu forma de vida y la respeto, vos entendé la mía y respetala.

Fue más o menos el tono de la negociación. Ella lo comprendió y aprobó inmediatamente y les dio instrucciones a sus compañeras.
—Buena mujer, ésta, linda mujer, déjala tranquila, no molesten.

Y dicho esto me soltó un rosario de bendiciones, pidiendo a cambio un esmalte para uñas o alguna otra cosita como prenda de paz.

Así quedó sellado el pacto que la abuela gitana cumplió religiosamente. Ella y su troupe de gitanas jóvenes nunca más entraron a mi negocio. De tarde en tarde pasaba, miraba hacia adentro desde la vereda y yo le entregaba el tributo: un esmalte para uñas o un "pintalabios" de dos pesos.

Abril tenía entonces entre tres y cuatro años. Era una criatura hermosísima y sumamente empática, como ahora, pero con la inocencia intacta de todos los bebés. Ese día estaba presente cuando la abuela gitana se paró en la puerta para cumplir con el ritual. Ella recitó sus bendiciones de rigor "buena mujer, linda mujer, buena gente, va a tener mucha suerte y riqueza, le va a ir muy bien en el negocio". Para entonces se había establecido una relación singular entre la zíngara y yo. Me emocionaba mirarla a los ojos, tenía la mirada bondadosa de los ancianos que aprendieron a vivir, generosa a su manera. Me subyugaba la entereza con que asumía su destino de mendiga, forzada no por la necesidad sino por un mandato ancestral. Me animo a decir que sentía cariño por ella y ella por mí. Un sentimiento basado en el respeto mutuo de usos y costumbres.
Cuando estaba hablando con la abuela gitana esa tarde, noté que Abril estaba pegada a mí y con su manito le acariciaba la pollera de gasa colorida y la miraba extasiada, con una expresión muy amorosa. Me quedé helada, era una situación extraña. Minutos después le pregunté a Abril por qué acariciaba la pollera de esa abuelita y me respondió "porque la amo" sin perder la sonrisa.
Quedé convencida de que esa tarde, entre la abuela gitana, Abril y yo había sucedido algo extraordinario, que no tenía explicación racional y por lo tanto pertenecía al rubro de lo "paranormal" o místico.
Ayer viendo este video que pego a continuación, descubrí que aquello, como tantas otras cosas, tiene una explicación científica. Lloré de alegría.
Disfrútenla




3 comentarios:

  1. De las neuronas espejo y de nuestra responsabilidad de ser un buen espejo para el otro.
    Precioso, vecina!

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  2. Tremebunda responsabilidad. Cambiar el mundo depende de UNO. JA!

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Gracias