21/7/09

Desayuno americano 4

A eso le llaman amor

Entre una veintena de adolescentes exaltados por la aventura del viaje de egresados, Verónica se despedía de su madre. Saludó desde la ventanilla del micro hasta que la perdió de vista.

Raquel Lamas había sido una mujer hermosa, de madre alemana y padre español, su belleza rubia de catálogo, algo distante y sosa, había merecido un efímero reinado en la fiesta regional en su juventud. Con la piel ajada y la mirada de luces en off, ella seguía aferrada a sus pasadas glorias, ya que no había en el presente nada que valiera la pena, salvo esa hija que era su desvelo.

A Verónica le provocaba sentimientos encontrados esa madre resignada que parecía ciega a las andanzas de Antonio, que no paraba de perseguir a las jovencitas e incluso había tenido amoríos con una de sus compañeras de colegio. Le daba ternura y bronca verla inclinada sobre su cuaderno, muy tarde a la noche, creando fantasías sobre una alegre vida que no conocía o contando historias donde la palabra amor iba asociada inevitablemente a la palabra sufrimiento.

El amor que aún sentía por el padre de su hija la había marcado a fuego, convenciéndola de que el amor verdadero es el que se padece en silencio.

Verónica había crecido viendo en su familia esa hipocresía socialmente aceptada y desde muy chica supo que no quería eso para ella. Le causaban repulsión los códigos que bajo un barniz de decencia sostenían la convivencia de mujeres como su madre con hombres como Antonio.. A ella no le pasaría lo mismo.

Ella tenía otros planes y una belleza que superaba a la de Raquel con inteligencia y carácter, aunque para los demás fuera la que iba a contramano del mundo, sabía que en el fondo la envidiaban.

Por eso el primer día en Bariloche logró despegarse de sus pajueranos compañeros y se unió a un grupo de 5º año del Nacional Buenos Aires. Allí estaba Sabrina Luque, la pelirroja más lanzada del grupo con quien empezó una amistad que significaría tanto en su vida. Esa misma semana tuvo un anticipo de lo que vendría cuando dos italianos les ofrecieron 100 dólares a cada una por una fellatio y ellas aceptaron sin reparos.

Al regresar a Pueblo Chato, nada pudo detener a Verónica, ni el llanto angustiado de Raquel, ni los sermones de Antonio, ni el tibio reproche de sus escasos amigos íntimos: se iba a Buenos Aires a estudiar y trabajar, Sabrina Luque le había ofrecido compartir el departamento que ocupaba, ya que sus padres vivían en Europa.

Antonio, en un rapto de desprendimiento se ofreció a costearle la carrera que quisiera en Bahía Blanca, que por razones de dominio territorial habría sido lo mismo que seguir viviendo con ellos y esquivando sus continuos asedios, que desde hacía unos meses, después de conocido su debut sexual se habían vuelto cada vez más explícitos. Antonio aprovechaba cualquier ocasión de cercanía para rozarla y abarcarla con su mirada libidinosa de viejo verde.
Es hora de que busque mi propio destino, mamá – dijo sin mencionar lo que pasaba desapercibido a los ojos de Raquel- quiero ser periodista, vas a ver, en poco tiempo vas a estar orgullosa de mí y agradecida por esto que hoy hago.

En marzo de 1990 Verónica sacó su pasaje de ida a Retiro.

Continúa Aquí

3 comentarios:

  1. oh, me gusta. a veces ese viajecito a bariloche es un antes y un después... muy bueno lils!

    ResponderEliminar
  2. Tus textos me están atrapando.

    Tuve que irme para atrás y leer los tres capítulos anteriores, esto se está poniendo cada vez mejor!

    ResponderEliminar
  3. Es el fin de una etapa, sin dudas, Cla! besotes

    Esa es la idea, Relato, esa es la idea... yo también me engancho con tus relatos..jajaja
    Besos!

    ResponderEliminar

Gracias