29/8/09

El candidato. Parte 5

Inesperado

Acurrucada en el asiento trasero del móvil policial Eliana tenía la mirada fija y perdida en el paisaje campestre que se iluminaba con la intermitencia de las luces encendidas del patrullero. El agente obeso que conducía respiraba con dificultad y tenía un ojo puesto en la ruta y el otro en el espejo retrovisor que le devolvía la inquietante imagen de una juvenil entrepierna temblorosa. Su acompañante, el agente Rossi buscaba con insistencia la mirada de Eliana con ganas de transmitirle algo. Habían sido compañeros de grado en la primaria, y desde esa época la chica era su fantasía masturbatoria predilecta.
Eliana tenía el don de captar el olor a macho en celo dentro de espacios reducidos, y aquel auto rezumaba el aroma concentrándolo debajo de sus fosas nasales. Intentó bajar un poco la ventanilla para que entre aire y entonces se dio cuenta de que tenía puestas las esposas.
Podía visualizar los sucesos que tendrían lugar unos minutos más tarde: un Pablo triunfante la retiraría de la comisaría con gesto protector, de camino a casa la avergonzaría con los insultos más gruesos, una vez dentro de la habitación cerraría puertas y ventanas y la golpearía hasta casi desmayarla. Después la auxiliaría dándole un baño de agua fría y la sometería sexualmente con un ímpetu animal. Verla herida y vulnerada, tirada en la cama lo excitaba más que nada en el mundo.
Después ella se miraría en el espejo de cuerpo entero decidiendo acabar de una buena vez con el origen de todos sus males. Tomaría la navaja y con mano firme cortaría su cara, sus pechos, sus caderas, luego derramaría por su hermoso cuerpo sangrante un ácido que terminaría llevándose al infierno esa voluptuosidad que causaba la más terrible desgracia que puede padecer una mujer: ser objeto del abyecto deseo de un pervertido.
Pero el destino quiso que el obeso oficial detuviera el auto para comprar una gaseosa en la estación de servicio de la rotonda de acceso al pueblo, y que el agente Rossi aprovechara para abrir las esposas y le dijera:
-¡Ahora, Eli, escapate ahora! ¡Corré, corré fuerte y pedí ayuda!.- a la vez que se daba un golpe en la nuca con las esposas para fingir un ataque de la chica.
Y ese gesto inesperado de solidaridad le devolvió a Eli la fuerza del instinto de supervivencia. Y corrió, corrió, corrió, hasta caer exhausta en el jardín trasero de una iluminada casa.

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