9/12/09

¿No era mejor imaginarlo...?



Cuando nosotros eramos chicos a nadie se le ocurría – por suerte- disfrazarse de Papá Noel para entregarnos los regalos.
El acontecimiento era cuidadosamente preparado por los mayores, quienes armaban toda una estructura de complicidades con vecinos y parientes para que la magia siguiera presente un año más. La figura del obeso y generoso viejecito que aparecía milagrosa y simultáneamente en todos los hogares estaba librada a nuestra imaginación y eso le agregaba un componente mayor de misterio.

Cuando tuve hijos seguí la misma tradición. Ellos sabían que esos hombres disfrazados que repartían caramelos y chucherías en la puerta de algunos negocios no eran el auténtico Papá Noel, que jamás se dejaría ver por ojo humano alguno. En eso consistía su arte principal.
Más adelante, cuando ellos tuvieron sus propios hijos, por iniciativa de sus correspondientes madres – mis nueras, je!- decidieron romper la tradición. Así les fue.

Abril tenía dos años y estaba sentada bajo el arbolito cuando aquel hombre barbudo y con una bolsa al hombro llegó gritando ¡jo, jo, jo! Y corrió aterrorizada a colgarse del cuello de su mamá. Durante las tres navidades siguientes, cada vez que veía un adorno navideño tuvo ataques de pánico. Después de varias sesiones con la psicóloga pudo superar el trauma y finalmente a los cinco pudo sonreír en la nochebuena.

Mateo siente una especial idolatría por su padre desde muy chico. El empleado que repartía caramelos en la entrada del negocio sudaba la gota gorda bajo el traje con 38 grados a la sombra en una ciudad sureña y Nicolás decidió reemplazarlo un rato. Mateo (2 años) estaba feliz. Señalaba al padre con el dedito y con inmensa dulzura le decía ¡ papá!
Luego en la mesa navideña pusimos un papá noel de esos a pila que cantan y bailan y Mateo fascinado lo señalaba con el dedo y decía ¡papá! Por un largo tiempo, nadie pudo convencerlo de que todo Papá Noel que encontrara en su camino eran ¡papá!

Nahuel (4 años) se había dormido antes de los postres. El pariente que iba a hacer de Papá Noel tuvo un percance de último momento (no le entraba el traje) y Rodrigo, con un ataque agudo de ciática tuvo que vestirse, saltar una tapia, cargar una bolsa enorme con regalos para veinte, dar la vuelta manzana y presentarse en la entrada de la casa al grito de ¡jo, jo, jo! Toda la escenografía se había armado principalmente para Nahuel, que recibiría un enorme auto a control remoto, entre otras cosas.
Sin embargo, por más que lo sacudíamos, no se despertaba.
Finalmente, abrió un ojo, miró al pobre Papá Noel doblado en dos y dijo:
-¿Qué hacés, papá? Y malhumorado se tiró a seguir durmiendo en el sillón del living.

* Todo es absolutamente real.


2 comentarios:

  1. jaja!! totalmente. antes era más surrealista. el disfrazado no sólo aterroriza a los chicos, lo he presenciado, sino que suelen tener percances como los que nombraste, y otros ocasionados por las bebidas consumidas hasta el momento... je.

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  2. ja! ni hablar de el estado de algunos papás noeles después de los brindis! jaja!

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Gracias