8/4/09

El Torreón

El 1 de enero del 2006 tomar un micro en Retiro hacia la costa era cosa de locos, pero Emilio había reservado pasaje con anticipación. Era la primera vez que veraneaba en Mar del Plata, sin embargo sentia que conocía esa ciudad tan bien como un residente de años.
Le gustaba particularmente salir a caminar por la mañana, llevando colgado al hombro el equipo de mate portátil y el celular sintonizando una radio de capital con buena música porteña. Iba en plan relax y sexo ocasional, como cualquier tipo de 40 que hacía 5 se había divorciado.
Su cabeza se iba sin disimulo detrás del trote sensual de cuanta mujer corriera por la costanera. Todas iban en la suya, auriculares calzados y cero onda para socializar, mucho menos a esa hora. Torsos semidesnudos, bronceados y transpirados, muslos atleticos. Indiferentes a la solitud emiliana.
Esa mañana decidió sobre la marcha cambiar el rumbo. Al bajar por Colón hacia la costa, en lugar de doblar a la derecha para el lado del puerto, giró hacia Bahía Varesse.
Bajó desde la avenida costanera por los escalones de piedra que dan la sensación de que si uno dá un pequeño traspié o resbalón, termina estampado en la calle donde veinte autos le darán el pisotón de gracia.
Llegó sano y salvo venciendo el vértigo y caminó hacia el Torreón del Monje. Le atraía esa construcción que se recortaba solitaria en el promontorio de roca y por más que fuera una figura típica de cualquier postal Marplatense, nunca se cansaba de contemplar el simil de fuerte con su torre y su cúpula, escenario de las más diversas leyendas urbanas relacionadas con apariciones fantasmales.
Iba a entrar a la confitería a tomar un café cuando la vió. Ella estaba sentada abajo, en las rocas, con las manos alrededor de las rodillas y mirando fijamente el mar.
Se detuvo unos minutos para observala, inmóvil y pensativa. Dando unos pasos hacia la izquierda pudo ver su cara. Tenía los ojos cerrados y una expresión de felicidad.
Comprendió que estaba en profundo estado de meditación y sin darse cuenta de lo que hacía fué bajando despacio hasta quedar a unos tres metros a su derecha. Se sentó en la roca y preparó el mate. Como atraída por su mirada insistente ella abrió los ojos y le dedicó una amplia sonrisa.
Hablaron del mar, del lugar, de la meditación, de generalidades. No tocaron banalidades tales como profesion, pasado sentimental ni signos zodiacales.
La conversación derivó a la literatura y entonces ella dijo que era cuentista. De las buenas, agregó sin modestia.
El le pidió que contara uno de sus cuentos y entonces el milagro comenzó.
Era tan seductor y atrapante su relato, que quedaron en verse al otro día, a la misma hora y en el mismo lugar para continuar con la historia.
Esa noche Emilio se fue a la cama bien temprano. No veía la hora de que llegara el nuevo día para encontrarse con la creativa cuentista.
El relato se iba haciendo cada vez más interesante y lo dejaba siempre con ganas de más.
Ella no aceptaba otro tipo de encuentro ni otro escenario. Todas las mañanas al lado del Torreón.
La insistencia de Emilio en otro tipo de cita la ponía incómoda y quebraba la armonía de tal modo que él aceptó sus reglas para no perderla.
Las vacaciones llegaban a su fin después de 30 días de los cuales 25 habia compartido con la mujer que ya era parte de su vida y junto a la cual se sentía dichoso y completo pese a lo extraño de la situación.
Esa mañana era la última y Emilio salió dispuesto a jugársela entero. Le propondría que se venga con él a Buenos Aires, le propondria matrimonio, noviazgo, amistad o lo que fuera que ella aceptara.
Al llegar al Torreón vio que ella no estaba en la roca de siempre. Esperó. Pasó una hora. Buscó en la confitería, salió a recorrer la escollera, caminó hacia arriba y hacia abajo. Al mediodía estaba desesperado, no tenía ningún dato concreto sobre ella ni sabía por donde seguir buscándo.
Desde el hotel llamó al trabajo, inventó una excusa para llegar un día más tarde y a la mañana siguiente repitió la búsqueda. No había rastros de la mujer.
Con un dolor físico en el pecho se iba alejando cuando la vió en lo alto de la torre haciendo un gesto de adiós con la mano. Su silueta se recortaba contra el cielo y los rayos del sol la atravesaban. Parecía etérea, inconsistente como la bruma marina.
Corrió escaleras arriba hacia lo alto de la torre. Al llegar ya no estaba.
Se derrumbó en el piso y entonces la vió. Era una placa de bronce, con una frase y una fotografía en sepia de ella.
De la población de Mar del Plata a la gran poetisa y escritora Amalia Peralta Reyes en el 10º aniversario de su muerte. M, del P. Diciembre de 1980.

El cuerpo de Emilio cayó desde lo alto contra la baranda metálica de la terraza y rebotó como un muñeco de trapo impactando sobre la mesa donde dos turistas desayunaban café.
Los médicos de la ambulancia le cerraron los ojos y cargaron su cuerpo que iría directo a la morgue judicial.
Amalia Peralta Reyes (hija) llegó 10 minutos después y no supo a que se debía el alboroto de la gente que comentaba en las calles. Se dirigió a su roca habitual. Después del fuerte ataque de alergia que la obligó a encerrarse dos días, se sentía feliz de volver a respirar el aire marino.
Al cabo de dos horas, viendo que Emilio no aparecía, miró hacia la torre y saludó al aire con la mano. Su madre había tenido razón al prevenirla.
Todos los hombres eran iguales.


7 comentarios:

  1. Fue un gusto releerlo, señora. Gracias. Besitos

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  2. tus relatos son realmente apasionantes. y nuevos para mí. así que buenísimo que reedites!

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  3. Anónimo15:14

    ¡De este me acuerdo muy bien! Me encantó en su momento... (y ahora)
    Besos!!

    Gallegoland sin log

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  4. Ale....♥ acá también salen los ♥ que bueno!! jaja
    Gracias Clau, y por ahora va a haber muchas reediciones! besos
    Galle, ya veía yo que había arribado alguien desde Madrid. Si, también es uno de mis favoritos.
    Nos estamos viendo todas!

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  5. Hasta la lectura de la placa, me venía gustando mucho y medio que sospechaba un final así. Pero el final final me mezcló todos los tantos de nuevo. Muy bueno...!

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  6. Oscar, te confieso que ese final me sorprendió a mi también! jeje
    Besos y gracias.

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  7. ¡Herrrrrrmoso! ¡Que bien narrado, por Dios! ¡Una maravilla!

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Gracias