2/5/09

Encantados. Fin.

Yo no estaba pasando por un buen momento.
Damián me había dejado por otra, me había quedado sin trabajo, me había mudado de ciudad y todas mis amistades habían quedado en el pueblo.
Mis padres estaban separados y demasiado ocupados en ellos mismos como para prestarme atención.
Estaba tratando de montar un pequeño puesto de artesanías en la rambla marplatense con la plata de la indemnización por despido. Pero mi estado de ánimo influía en todo lo que emprendía: una sensación de victimismo me aplastaba.
Odiaba al mundo y culpaba a la sociedad, al gobierno, a mis padres, a mis ex-patrones, a mis amigos, y en última instancia, y muy de vez en cuando reconocía mi responsabilidad en ciertos detalles.
"Debí elegir mejores patrones, mejor novio, otros estudios, otra profesión, debí haber nacido en otro país..." me decía. Después de todo, ese es un gran consuelo para quienes sienten que fracasaron. Es la mejor excusa para negarse a cambiar uno mismo.
El rastro que iba dejando en el mar el sujeto invisible me obligaba a seguirlo. Era como si me estuviera marcando un camino. El único camino posible.
"El camino de Alfonsina..." pensé.
Cuando el agua me llegaba a la cintura escuché los gritos que venían de la playa.
- Esperá!! que hacés!! estás muy adentro!!
Me di vuelta y lo ví, era un chico de mi edad y corría hacia mí agitando los brazos y gritando.
Era Marcos.
Hoy hace un año de eso y nos reimos mucho cuando nos acordamos de esa tarde encantada.
El me sacó del agua, me puso su campera sobre los hombros, me abrazó y yo lloré en su hombro como pocas veces en mi vida. Después tomamos mate y charlamos hasta que el sol se empezó a ocultar. El también es artesano y pusimos un puesto en la rambla. Vendemos duendes, amuletos y collares que diseñamos inspirados en la penumbra del bosque energético.
Ah, me falta contar algo.
Cuando juntábamos las cosas para volver a la ciudad, vimos de nuevo las pisadas . Esta vez iban en dirección al bosque, dejando pequeñas gotas de agua en la arena seca.
Seguimos hipnotizados las huellas que se detuvieron al pie de un enorme pino, justo en el centro del bosque. Y allí desaparecieron.
Marcos y yo nos abrazamos al árbol instintivamente, sin hablar y tomándonos de las manos para rodear el añoso tronco.
Apoyamos una oreja en la rústica corteza y escuchamos en silencio.
Es increíble la cantidad de cosas que puede decir un árbol.

Gracias Claudia!

7 comentarios:

  1. qué lindo. lindo. me trajo mil recuerdos. es más, me inspiró para empezar a poner algo en el blog de acá que abrí hace un par de días.
    el relato tiene la nostalgia justa. y la mezcla de alfonsina, duendes y bosques exacta. gracias lils!!

    ResponderEliminar
  2. Buenísimo que te haya servido de inspiración,Cla!
    Voy a ir a chusmear eh?
    Besos!

    ResponderEliminar
  3. Gracias por no habernos hecho esperar demasiado y espantarnos a los orbs que nos sobrevolaban desde la primera parte. No quiero ser pesado, pero ¿para cuándo otra historia nueva?
    Le dejo un beso, mientras tanto.

    ResponderEliminar
  4. Si son leeendos los ORBS...justamente ahora iba a ir a ver si cazo alguno con la cámara!

    No me atosigueis.

    Besos

    ResponderEliminar
  5. lo de los orbs me encantó, y sospecho que en algún lugar de mi cerebro ya los tenía vistos.. creo los voy a incluir en un par de mis pinturas nuevas.

    ResponderEliminar
  6. Excelente. Lindo lo de abrazár el árbolito. ¿No me manda un duende por expreso? Supongo que no me va a cobrar, amarreta.
    Besos.

    ResponderEliminar
  7. Y le robé la pintura a Cla, nomás!

    Querés un duende Adrián?

    Salí a cazarlos con la cámara. Vas a ver....


    Besos a tutti cuanti!

    ResponderEliminar

Gracias