31/7/09

Desayuno americano.14

Vada con dulce

En tres meses de trabajo en Health Montana, Savir pudo comprobar que, tal como lo imaginaba, los investigadores contratados por la corporación eran sistemáticamente desanimados e ignorados.

Mediante argucias sutiles- no para él- las iniciativas personales exitosas eran desvirtuadas en posteriores pruebas que no arrojaban los resultados esperados. Era indudable que la política de la empresa era no innovar en la materia y seguir manteniendo como única alternativa la medicación existente. Se contrataba a los científicos más capaces del mundo con el objeto de mantenerlos bajo control y que no se descubriera nada nuevo.

Savir aprovechaba las instalaciones bien equipadas de la empresa para seguir con su investigación, pero más que nada para hacer contacto con otros investigadores.

Llegó el momento en que todo aquello le resultó tan inútil como riesgoso y decidió renunciar. Fue tentado con ofertas económicas y jerárquicas muy importantes que rechazó de plano para volver a su trabajo en el Centro. Lejos estaba de saber, para entonces, cuanta inquietud había suscitado en sus antiguos empleadores y cuan pendientes estarían de sus pasos, ya fuera de la corporación.

Durga se había adaptado a la ciudad y se negaba a volver a India, por lo que Savir decidió complacerla e instaló su mini laboratorio en la casa en Los ángeles.

Había aprovechado el espacio iluminado del jardín cubierto contiguo a la cocina, donde Satya elaboraba sus menúes tradicionales con maestría y dedicación admirables.
Entre las actividades del Centro y la investigación casera, se encontraba esa mañana de septiembre cuando recibió una llamada de un paciente y dejó el laboratorio de improviso, minutos antes de que la fiel Satya le llevara su desayuno.

- Parece que el doctor se fue otra vez sin desayunar- dijo Satya hablando con Eloise, la rata que hacía de cobayo- me da pena tirar todo esto, la señorita Durga no quiere ni probarlo, ella no hace más que tomar desayuno americano!

Eloise se paró en sus dos patas traseras como comprendiendo la situación y Satya, en un rapto de compasión por el pobre animalito que quien sabe cuanto más viviría, le dejó en su plato una vada (rosquilla) rociada con una salsa dulce que era su especialidad y cuya receta era un secreto transmitido de madre a hija en su familia.


Eloise no solo sobrevivió al opíparo desayuno, sino que al día siguiente mostraba tanta vitalidad que llamó la atención de Savir.

La rata Eloise había sido inoculada con el virus al ingresar al laboratorio a fin de experimentar.

Ese mismo día Savir hizo todo tipo de pruebas y no encontró rastros del virus en el organismo de Eloise. Fue entonces que revisando su jaula halló los restos que parecían provenir de la cocina de Satya.

- Satya! Satya!- llamó Savir.

- Si, señor, que pasa?

- Que le diste de comer a Eloise?

- Yo…señor…disculpe. Disculpe, me dio pena…se que hice mal pero…

- Satya, deja eso ya, no te disculpes, quiero que me digas que fue e-xac-ta-men-te lo que le diste.

- ¿Es tan importante, señor Savir?

- Tan importante como que eso que le diste cura el SIDA.

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