25/9/09

Con las fotos contadas

La inundación del 80 se llevó, entre otras cosas de menor valor, el cajón con fotos, la mayoría de ellas en blanco y negro que guardaba mi vieja a una altura por debajo del casi metro de agua que entró a la casa.

Esa pérdida irreparable hace que cuando quiero reponer las facciones exactas de algunas personas que el tiempo rodeó de nebulosas, allí donde debería haber un documento testimonial hay un hueco. Un hueco que también alcanza a mis descendientes, quienes de por vida deberán apelar a su imaginación para verme de guardapolvo blanco cantando en el coro de la Escuela 14 o vestida de hawaiana bailando en el escenario del teatro San Martín.
De hecho, no tengo más forma de probar que a los tres años yo tenia una gallinita pigmea como mascota, que a los 7 tuve la cara deformada por la fiebre aftosa que me contagié tomando leche al pié de la vaca, o que a los 9 las patas de un tero tenían más carne que las mías; que intentar la descripción verbal y gestual de aquellos sucesos. Aunque creo que ni aún siendo la más expresiva los podré convencer a mis nietos de que algún día fui chiquita.
En todas mis fotos escolares asesinadas por el agua aparecía una cara que se mantuvo fresca como pocas en mi archivo visual: la cara de Carlos Rívori, el inadaptado, al que toda la escuela, docentes y alumnos, detestaban o temían y yo me empecinaba en amar en secreto. Tan en secreto que ni yo me enteraba, porque a los seis años ya tenía brotes de extremismo trágico que agravaban la confusión típica que de chicos tenemos con los sentimientos. Un buen terapeuta seguramente hubiera calificado de neurótica esa relación amor-odio que duró los siete años de la primaria, incluídas las vacaciones después que nos hicimos socios del mismo- y único- club del pueblo.

Yo lo amaba o lo odiaba según la profundidad de la guachada que me hiciera, midiéndolo siempre con parámetros muy arbitrarios y personales. Lo que se me escapaba en ese entonces, es que a él le pasaba exactamente lo mismo conmigo.
Eramos capaces de integrar un dúo perfecto en la clase de gimnasia, oportunidad inmejorable para que sus manos grandes y húmedas apretaran mis débiles deditos y sentir que algo tangible nos unía porque al terminar el juego no me las soltaba.
Caminar por la vía a la par haciendo equilibrio en los rieles con apuestas a quien se caía primero era una delicia aunque siempre me ganara y cuando no me ganaba me hiciera caer. A veces su hiperactividad de compañero de banco me sacaba y una vez me paré en medio de un escrito y le tiré el pelo tan fuerte que le quedaron los ojos llorosos. Lo nuestro era un alarde de sadomasoquismo infantil.
Como yo era una varonera mosquita muerta muy aplicada de rendimiento intachable y él era el peor en todo, la culpa y el castigo por nuestras escandalosas disputas siempre recaían en él.

Nuestra ruptura más larga empezó el día de inauguración de la temporada en la pileta del club, al terminar cuarto grado, cuando apareci ante él y toda la concurrencia por primera vez en malla. Se burló tanto- y en voz tan alta- de mi figura de tísica que me metí a la pileta a las tres de la tarde y salí al anochecer con las palmas arrugadas y sangrantes por la exposición al cloro. Por más que se esmerara en reconquistarme hundiéndome reiteradamente la cabeza en la parte honda, le dediqué un indiferente desprecio el resto de ese verano y parte del siguiente período escolar. Yo le podía tolerar miles de cosas, menos que se burlara en público de mi flacura extrema.

Una tarde de primavera, ya en quinto grado, se apareció de sorpresa en la sierra donde jugabamos con mi mejor amiga a bajar dando vueltas carnero por la pendiente más inclinada. Se sumó a nuestro juego como si lo hubiéramos invitado. Yo supuse que él ignoraba las sensaciones que me provocaba el sentirlo así, a mi lado, en una completa intimidad, rodando ladera abajo entre gritos y carcajadas. En ese momento noté una nueva cualidad en mis sentimientos. Algo raro, fuerte, distinto, inexplorado.
En una de las vueltas pegué con la cabeza en una piedrita filosa enterrada en el pasto y mi frente empezó a sangrar. El sacó rápidamente un pañuelo limpio del bolsillo y me lo dió sin decir palabra. Cuando paró la sangre se lo devolví y nos acompañó hasta la casa.
Desde ese día nos empezamos a tratar de otra manera, pero no le dí demasiado crédito a sus cambios ni a los míos hasta la mitad de sexto grado, cuando empezamos a mandarnos notas de banco a banco.

"¿Te acordás del día que me caí en la sierra y me lastimé la frente?" le escribi con gran osadía.
Entonces sucedió el gesto de amor más puro y genuino que me haya dedicado un hombre.
El sacó algo del bolsillo y lo abrió para mostrármelo. El pañuelo conservaba intacta la mancha de mi sangre.

La inundación se llevó el cajón con todas las fotos de mi infancia. Pero no hay furia elemental ni tiempo que pueda llevarse la foto del torpe y dulce beso de principiante que nos dimos la noche de la fiesta de egresados de sexto grado, en el recoveco oscuro y cómplice del trampolín de la pileta del Club San Martín.

6 comentarios:

  1. qué lindoooo!!! cuántas cosas olvidamos, o se pierden en el fuego (qué buena peli..) pero que copado que este recuerdo hayas escrito tan bien!!! salutess lils!!!!

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  2. Cla! te pareció un recuerdo? Que bueno, porque es mezcla de recuerdo y ficción. Besotes enooooormes!

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  3. Vió que cuando quiero soy tierna?

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  4. Anónimo3:51

    ¡Pero bueno! Un revival semi-ficcionado y un renovado teclado (y yo).

    ¡Lindo regreso tuve al leerte, si señor!

    Bessssssssssssos guapisima :-)

    Gallegoland

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  5. Bueno..emmm lo del pañuelo es real...lo de las fotos perdidas también...y... también! jaja

    PD: Esta renovación de diseño me está volviendo locaaaaaaaaa! +
    Besos

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Gracias