4/9/09

Paradoja (cuéntico*)

Desde siempre mi relación con los sapos ha sido ambivalente.


Consta en los álbumes fotográficos familiares que desde que empecé a caminar los perseguía por el patio todos los veranos. Hay una foto donde se puede apreciar mi cara de felicidad suprema al sostener a uno de ellos y a punto de darle un amoroso beso.




Lo que la cámara no registró, es el momento en que el sapo se convierte en príncipe.

Claro que entonces yo no conocía la paradoja de Schrödinger ni sabía que la mirada del observador modifica lo observado. Tampoco tenía noción acerca de las realidades paralelas, por lo que la mutación de sapo en príncipe la atribuía a un simple acto de magia, tal vez inducida por los tantos cuentos infantiles que me leían mis hermanas.

El tiempo me demostraría que la mutación también sucedía a la inversa: luego de varios besos, el majestuoso príncipe se convertía nuevamente en sapo y hasta allí llegaban los alcances de la magia: el que volvía de príncipe a sapo no tenía posibilidad de retorno.

Y tanto fue el sapo sin retorno que al último que encontré lo guardé en una caja blindada junto con mis mejores besos y no volví a observarlo hasta hoy.

Dentro de la caja, el sapo permanece en una condición indefinida. Es sapo y principe a la vez.

Y no me atrevo a resolver la paradoja.


* (cuento cuántico)

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