18/2/10

Bear Valley

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Solo la luna iluminaba el campamento, blanco al completo si no fuera por los árboles oscuros que retenían en sus brazos raquíticos un puñado de nieve suspendida. Las luces interiores del remolque debían emitir la única señal de vida en los alrededores.

Yo apuntaba en mi notebook los detalles de este periplo salvaje por California. No quería hacer un diario de viaje sino capturar los detalles que luego me servirían para escribir una novela, un cuento, o lo que fuera. Las sensaciones en aroma y color que regalaban los lugares que iríamos tocando, y que servirían de descripción real en alguna historia de ficción.

James entró sacudiéndose del abrigo los restos de nieve. Se sacó el gorro de lana liberando su melena lacia. El mechón rubio ocupó su lugar natural sobre la piel bronceada de la frente, lo suficiente para dejar libre la chispa de unos ojos verdosos y risueños. Me besó suavemente y se sentó frente a mí dejando en el piso un hato de ramas gruesas. Con el cuchillo de caza empezó a sacarle punta a una de las ramas, disfrutando del acto con una sonrisa que ahondaba el hoyuelo en su mejilla derecha. Era como un niño creando su propia aventura.

- ¿Qué es eso? ¿Qué estás haciendo?- le pregunté levantando la vista de la pantalla.

- Una trampa para osos.- me dijo con seriedad.

- Es broma-. Le dije

- No es broma. Estuve recorriendo y a poco de aquí encontré una cueva de oso con señales de estar habitada.

- No es verdad-. Insistí.

- Es verdad. Por algo este lugar se llama Bear Valley, Candy-. Pero no te preocupes, además de la trampa haremos una fogata. El fuego espanta a los osos como a cualquier animal. Salvo que alguien se haya robado a una de sus crías como acabo de hacer, en ese caso ni el fuego detiene a una madre oso enfurecida.

- ¿Estás tratando de asustarme?

- No. Te estoy dando letra para alguno de tus cuentos-. Dijo divertido.

- Lo que me estás dando es una imagen de la perfecta felicidad-. Le dije en un rapto de amor extremo-. Un flash del paraíso.

Y así era. El hombre perfecto, en el lugar indicado, en el momento oportuno, correspondía a mi amor apasionado. Estábamos juntos en la cima del universo.

James se movió un poco como para tocarme y lo detuve.

- No te muevas. Quiero capturar este momento-. Dije sacando mi cámara digital y apretando el obturador tantas veces como pude antes de que me tumbe sobre la cama con su fuerza de tsunami y puro músculo.

Me desperté con la molestia de un rayo de sol en plena cara. James ya no estaba en la cama. Había un silencio extraño afuera, un silencio que aturdía.

Lo llamé con temor, y con temor salí del remolque. No había más señales de James que unas pisadas desdibujadas por la nieve que estaba cayendo.

Seguí el rastro y más adelante vi las otras pisadas. Eran enormes y redondas, iban detrás de las suyas. En un punto las pisadas se mezclaron, como si la bestia lo hubiera alcanzado, y enseguida, la sangre.

Una senda en la nieve, regada de sangre, marcaba el camino de un cuerpo arrastrado por una fuerza brutal.

El rastro terminaba en la boca oscura de una cueva, de donde partían los gemidos de un oso mezclados con gemidos humanos de agonía.

Corrí al remolque para pedir ayuda por el móvil. Entonces vi la imagen. James había bajado la foto que le tomé por la noche a la computadora y allí se veía con toda claridad. Justo detrás de su cabeza, por la ventanilla del remolque, los ojos enrojecidos de furia de la madre oso, prometían una muerte lenta y dolorosa.

Cerré la notebook y me deslicé hacia la cabina delantera. Corrí con esfuerzo el vidrio que separa el espacio del conductor e introduje mi cabeza.

Le di un sonoro beso en cuello debajo de su sweter y hundí mi nariz en su aroma varonil.

- Mi amor, el cuento que me inspiraste está terminado.

El camino estaba despejado y el sol estaba en lo más alto. Atrás, el campamento de Bear Valley quedaba totalmente solitario sin nosotros.

Pensé en capturar ese momento de alguna manera, pero solo pude besar a James en el cuello interminablemente.


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