23/2/10

Saray, una historia polvorienta. Parte 3, final.

Kip

-¿Y cómo se llamaba el soldado marroquí, abuela? ¿Te acordás de su nombre?
Como para olvidarlo. Kip, se llamaba Kip y cuando se sacaba el turbante el pelo ondulado le llegaba a mitad de la espalda, lo tenía más largo que yo, pero eso no le quitaba masculinidad.
El tenía una función especial en el ejército. Desactivaba las minas que el enemigo sembraba. Sus manos olían a pólvora y tierra y tanto a la hora del amor como del trabajo, se movían exactas y delicadas hacia su objetivo.
No se si fue mi culpa. Esa noche no lo dejé descansar y alguien vino a buscarlo de urgencia al alba. Un anónimo había avisado que en la plaza principal, dentro de la cabeza de una estatua, había una bomba.
Fue la única vez que sus manos fallaron y fue definitiva. No quise ver su cuerpo desmembrado. Tal vez era nuestro destino.
Dos días después el mundo festejaba el final de la guerra y rendía honores a los caídos. Yo quería fundirme y elevarme en una nube de arena del desierto.
Solo la danza hizo que pudiera abrir los ojos cada mañana y ponerme de pie.
- ¿Te volviste a enamorar, abuela? Preguntó la joven luego de una larga pausa.
No. Kip fue mi primer amor y el único. Tal vez el tiempo escaso y el trágico final hizo que lo idealizara y no pudiera evitar las comparaciones. Pero luego conocí a Pedro, un español sólido y práctico con el que me casé y formé una familia, tu abuelo. Tuve una vida serena. Volví a mi tierra. Sobreviví. Y cuando el polvo acumulado en los rincones amenazaba con ahogarme, tuve a la danza. Solo danzando podía sentirme totalmente viva, montar en ese potro y visitar los territorios de lunas rojas, éxtasis y libertad que mi adorado marroquí me había mostrado. Lo hago todavía, cuando nadie puede verme.
- Abuela, tenés un gran talento para contar historias. Si no hubieras elegido la danza, estoy segura de que hubieras sido una excelente narradora.
- Estás en lo cierto-, dijo la anciana con voz somnolienta y una semi sonrisa- otro día te cuento de aquella vida en la que fui una gran escritora.
La joven también sonrió y arropó a la anciana que hacía varios meses había adoptado como abuela. Por supuesto que ella sabía que nunca había sido bailarina, que jamás había pisado Marruecos y que tampoco había amado a un soldado marroquí. O tal vez si, pero solo en sus fantasías. Sabía que sus historias se inspiraban en una fértil imaginación, se nutrían de la cantidad de libros que había leído y en esta había alusiones a dos de sus películas favoritas, Casablanca y El paciente inglés.
No podía entender porqué nadie venía a visitarla al hogar para ancianos. Era tan adorable. Había oído por ahí que tenía una familia, y también que pensaban que sufría demencia senil. Que se inventaba cosas. Que fabulaba. Que había enloquecido.
A muy poco de tratarla, la voluntaria Magdalena comprendió que la anciana hacía lo que siempre había hecho: soñar despierta. Imaginar historias como si fuesen propias, sentirlas con intensidad y narrarlas. Y que era precisamente esa capacidad la que la había mantenido a salvo de la locura. Esa otra locura que sufren las personas que no creen en la magia.
Porque después de todo ¿Qué es lo que hace que la vida se llene de magia, sino la capacidad de imaginar?
Fin.
“La cosa más vieja del mundo es el fuego, y luego, los hombres alrededor del fuego contándose historias. No creo que haya nada en este mundo que me emocione más que eso, nada que hable mejor de la humanidad que su capacidad de soñar, de explicar cuentos, de compartir la imaginación, los recuerdos y los sentimientos.” Hernán Casciari.

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