24/11/10

Que tiempos aquellos…



Me acuerdo que la vieja se sentó al costado de la cama, agarró la foto y mientras me alcanzaba el mate dijo:
- ¡Que linda chica! ¿Es tu novia?
Y se quedó mirándome con una sonrisa cómplice. No, le dije, no es mi novia.
¿Qué le podía decir? 
- Pero tenés su foto ahí. Algo tiene que ser.
Si, era. Laura era Laura. La chica que con su mini-guardapolvo blanco hizo estallar en un aplauso espontáneo a toda la plana masculina de todas las divisiones del comercial nocturno cuando entró al salón de actos en marzo de 1970. La minifalda era una audacia para ese entonces, pero ella no parecía enterarse. Por una cuestión de azar o de apellido a ella le tocó la otra división de quinto y yo me tuve que conformar con campanearla de lejos en el único recreo. Siempre rodeada del grupo de varones con los que compartía cigarrillos a escondidas, bromas y salidas después de clase. Esto en lugar de animarme, mermaba mi posibilidad de encararla.
- ¿Venís a la americana del Ruso?-. Me dijo el gordo Basabe ese viernes. Estuve a punto de decir que no, cuando por esas cosas se me ocurrió que por ahÍ a ella también la invitarían.
No habíamos hablado nunca, pero cuando del Winco salió el primer tema de Los Panchos, tragué saliva y la invité con un gesto. Ella milagrosamente se dejó llevar. Después dejó que me fuera pegando despacito a su cuerpo, de manera que ya no pude ocultar que estaba al palo. No se cuántos temas de Los Panchos bailamos sin escuchar y haciendo oídos sordos también a las cargadas del padre del Ruso, viejo ortiva, que no tenía nada mejor que hacer.
La respiración agitada y el temblor de mis piernas debió tocar su corazón porque nos fuimos juntos de la fiesta. Ella hizo que todo fluyera en forma natural, let it be, cero histeria, cero cuestión. No se sentía poseedora de algún tesoro que tenía que proteger de mis avances, como el resto de las chicas que yo conocía. Cuando mi asombro cedió, dejé de sentirme un boludo inexperto para pasar a ser el langa mayor del universo. Ella, la que arrancaba aplausos al pasar con su minifalda estaba en mis brazos.
Hacíamos el amor con la misma pasión con que hablábamos de filosofía, de política, de música o de literatura. Cuando descubrimos aquel hotelito donde el encargado hacía la vista gorda a la fecha del documento, estuvimos a punto de quedar libres por faltas en el colegio.
Un día descubrimos que ingresando a las 10 de la mañana teníamos derecho a quedarnos hasta las 10 de la mañana del otro día, y entonces los fines de semana nos sometíamos a un banquete de sexo entre botellas de cerveza, sandwiches de miga, sábanas revueltas, poemas de Neruda y temas de Los Beatles.
Cuando me dijo que se tenía que ir al sur me di cuenta de lo poco que habíamos considerado el ayer o el mañana. Me habló de una cuestión familiar y política que en ese momento no entendí.
- Es por mi hermano ¿sabés? Dicen que la mano viene dura y se va a poner peor.
Nos despedimos llorando un tremendo día de sol en diciembre que me hizo sentir en carne viva aquel “adonde iré con este sol” del Juan Moreira. Entonces la foto ocupó su lugar en mi mesita de luz.
Cuando me puse de novio con Marcela, la vieja sin decir nada guardó la foto en un cajón de la cómoda, junto con mis carpetas de quinto año.
Pensé tanto en ella cuando me contaron que en Bahía se habían llevado a los hermanos, a los dos, el Bomba y Cachito. Me perseguí por años sintiendo que Laura había corrido la misma suerte, pero no figuraba en la lista de la CONADEP. 
Recién ayer, cuando volví a la casa de los viejos para sacar las últimas cosas y ponerla en venta, volví a encontrarme con la foto.
Y como obedeciendo a un conjuro, a la noche la encontré a ella, a Laura, en el recital de Paul en River, justo cuando sonaba Yesterday.
El temblor de mis piernas y el brillo de sus ojos, apenas enmarcados por alguna línea de tiempo, nos hizo comprender que después de cuarenta años, contradiciendo a Neruda, nosotros seguíamos siendo los mismos.

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Gracias